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IV. Conflictos ideológicos en torno a la concepción del Imperio medieval IV.1. Pugna entre Oriente y Occidente: litigio sobre la herencia imperial
Para comprender el origen del Sacro Imperio Romano Germánico es preciso remontarse al Bajo Imperio Romano, una época de importantes transformaciones sociales, económicas y culturales que tradicionalmente se ha relacionado con una crisis en el sistema de valores del ideario colectivo que propició la desaparición del orden político conocido16 .
A la par que la res publica se debilita y cede a las presiones góticas suceden otros importantes acontecimientos que contribuyen a la transformación de la mentalidad de la época; los más trascendentes son la aceptación del cristianismo como nueva religión oficial, y la división del Imperio en Oriente y Occidente.
Desde que el Emperador Constantino I (306-337) reconoce a los cristianos la libertad de reunirse en el edicto de Milán (313), se inicia una progresiva aceptación del nuevo credo y un gradual rechazo del paganismo que se consolida durante el pontificado de Silvestre I (314-335). En estos años se definen los principios axiomáticos del cristianismo (Concilio de Nicea, 325) y la Iglesia inicia su organización institucional, fortaleciéndose desde entonces a la par que el poder secular del Imperio se debilita. De esta fecha data, además, un documento supuestamente firmado por Constantino en el que entrega a Silvestre el gobierno de Roma y de su Imperio, lo que significa la concesión al Papa de potestades gubernamentales propias del poder secular. Lorenzo Valla demuestra en 1440 la falsedad de este diploma, que sería redactado durante la segunda mitad del siglo VIII en la curia romana con el deseo de defender la supremacía papal frente a Bizancio para coronar a Pipino como legítimo emperador17; más abajo se ampliarán informaciones al respeto.
Con Teodosio I (379-395) tiene lugar, nuevamente, dos hitos trascendentales en el devenir de la idea imperial: el edicto de Tesalónica (380), que oficializa el cristianismo como religión del Imperio, y la división de la unidad territorial con la partición entre los Imperios de Oriente y de Occidente (395), que desde entonces son regidos, respectivamente, por Arcadio y Honorio. Ambos ámbitos irán distanciándose cada vez más hasta llegar a un enfrentamiento irreconciliable.
El hecho de que los emperadores se conviertan al cristianismo significa, también, la actuación como sus protectores. Esta responsabilidad está relacionada con el título de pontifex maximus que, desde Augusto, ostentan los emperadores como guardianes de la religión romana en ejercicio de sus cometidos. Los papas toman el término para referirse a sí mismos como consecuencia de ser los sumos sacerdotes del catolicismo e, igualmente, con motivo de la desaparición del Imperio Romano de Occidente, los emperadores bizantinos se consideran guardianes de la misma fe. Esta contradicción trae consigo un enfrentamiento entre las partes.
El Corpus Iuris Civilis (redactado entre 529 y 534) de Justiniano (527-565) presenta al basileus bizantino, título que recibe la cabeza del Imperio Romano de Oriente, en el garante del bien público y de la fe cristiana. Los emperadores posteriores ratifican este deber como puede leerse, por ejemplo, en el Epanagogé (886) de Basilio I (867-886) y su hijo León VI (886-912)18:
El emperador es la autoridad legítima, el bien común de todos los súbditos. No castiga ni recompensa con parcialidad, sino que distribuye los premios con justicia.
El fin del emperador es conservar y salvaguardar por su virtud los bienes presentes. Recobrar los bienes perdidos por medio de una atención vigilante. Adquirir los bienes que faltan con su celo y justas victorias.
El fin del emperador es hacer el bien. Por eso se le denomina “evergeta”. Cuando se aparta de la beneficencia, el carácter imperial se altera, según los antiguos.
El emperador tiene obligación de defender y mantener ante todo las prescripciones de la Sagrada Escritura, a continuación los dogmas enunciados por los siete santos concilios, así como las leyes romanas reconocidas.
El emperador ha de ser excelente en la ortodoxia y la piedad, resplandeciente en su celo divino, en lo que concierne a los dogmas relativos a la Trinidad, tanto en lo que toca a los decretos que se refieren a la economía según la carne de nuestro señor Jesucristo: la consustancialidad de la divinidad trishypostásica, y la unión hipostática de las dos naturalezas en un mismo Cristo.
El emperador ha de interpretar las leyes heredadas de los antiguos y, según ellas, decidir cuando no hay ley.
El emperador ha de interpretar las leyes en el sentido del bien. En los casos dudosos, reconocemos la interpretación conforme al bien.
En las cuestiones en las que no hay ley escrita, es menester conservar uso y costumbre. Y, si no hay, decidir por analogía.
Así pues, de acuerdo con las definiciones de las responsabilidades del cargo imperial en los textos legislativos bizantinos derivados del Codex Iustinianus, el basileus actúa como emperador al frente del Estado y pontifex maximus como cabeza de la Iglesia (cesaropapismo); ello significa, como explica E. Benz19, que Constantinopla actúa como continuadora de Roma, en su más amplio significado, tras el fin del Imperio de Occidente en el 476. Las conquistas bizantinas en Cartago, Italia e Hispania significan el deseo de recuperar el esplendor de un antaño perdido, no de obtener dominios territoriales para una nueva autoridad.
Si el planteamiento teocrático del poder político bizantino encuentra sus raíces teóricas en Eusebio de Cesarea (ca. 275-339), en Occidente lo hace en la doctrina cesaropapista de San Agustín (354-430)20 . El de Hipona defiende en De civitate Dei (413-426), a través de conceptos platónicos y aristotélicos, la superioridad de la potestad papal respecto a cualquier otra autoridad, incluida la imperial, en virtud del designio providencial; ello entraña la concentración de competencias religiones y seculares en lo que denomina el triunfo de la “ciudad celeste” sobre la “ciudad terrena”.
El agustinismo político es esencial en los discursos pontificales que, desde León I (440-461) y en especial desde Gelasio I (492-496)21, defienden la auctoritas papal frente a Bizancio. Los alegatos exclusivitas de imponerse en Occidente robustecen sus argumentos con Gregorio I (590-603), de hecho suele denominarse “gregorianismo” a la aplicación práctica del pensamiento agustiniano22 . En la centuria siguiente, el Papa Esteban II (752-757) encuentra en el rey Pipino (751- 768) un poderoso aliado con quien cooperar contra sus enemigos comunes: los lombardos y los bizantinos, cuya presencia en la Península Itálica se mantenía fuerte. El Pontífice le consagra como patricius romanorum, título que le reconoce como protector de Roma, y este le brinda su apoyo en la constitución del germen de los Estados Pontificios; los Papas comienzan, desde entonces, a poseer un territorio donde ejercer de manera privativa su autoridad civil. Como confirmación de las buenas relaciones entre Roma y los francos, León III (795-816) concede al heredero de Pipino, el rey Carlomagno (768-814), el título de Emperador.
Este acontecimiento tiene lugar el 25 de diciembre del año 800 y está cargado de significados. En primer lugar, con la entrega de la corona imperial al rex francorum se procede a la restauratio Imperii Occidentalis tras más de trescientos años de ausencia de titulares. Además, su ceremonial evidencia la superioridad del Papado: Carlomagno actúa como coronado, León III como coronador, y ambos aceptan sus roles. Todo ello supone una humillación para Constantinopla, cuyos basileis se estiman como los únicos legatarios del Imperio Romano; de hecho, consideran que el Papado se ha extralimitado en sus funciones y no reconocen la honra a los carolingios hasta el año 812, cuando Miguel I accede a su denominación como Emperador, pero no como Emperador de los Romanos por juzgar que dicho título le pertenecía a él. Esta tensión entre ambos no está exenta de conflictos armados, como los que tienen lugar en Venecia, donde Bizancio poseía plazas fuertes.
Una nueva coronación tiene lugar ciento cincuenta años después de la de Carlomagno. El 2 de febrero del 962, el Papa Juan XII (955-964) procede a la traslatio Imperii recompensando a Otón I (936-975) por sus servicios ante las presiones magiar, lombarda y bizantina. El reino otónida se convierte así en el poderoso Sacro Imperio Romano Germánico, cuya duración se prolonga casi nueve siglos, aunque su esplendor tiene lugar durante el Medievo23. Sus emperadores logran ostentar tanto poder que llegan a contradecir al Papado e incluso a desautorizarlo, como se expondrá a continuación.
A la par que el Sacro Imperio consolida su hegemonía, el Imperio Bizantino conoce un largo anquilosamiento conducente al ensimismamiento. El culmen de su distanciamiento con Occidente es el Gran Cisma de 1054 por el que los patriarcas griegos no reconocen la superioridad del Pontífice Romano sino su preeminencia entre iguales; este concepto, junto a diferencias ecuménicas y a la compleja rivalidad política entre las partes, supone la ruptura definitiva entre las iglesias católica y ortodoxa que aún perdura en la actualidad. Asimismo, la incipiente presión turcomana y las aspiraciones de muchos caballeros cruzados occidentales debilitarán y reducirán a Bizancio hasta convertirse en un esqueleto de su fulgor pasado hasta su desaparición en 1453.
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El Sacro Imperio y el Papado en el pensamiento bajomedieval: algunas ideas
sobre la precedencia en las crónicas italianas y españolas de los siglos XIV y
XV
O Sacro Império e o Papado no pensamento baixomedieval: algumas ideias
sobre a precedência nas crônicas italianas e espanholas dos séculos XIV e XV
The Holy Empire and the Papacy in late medieval thought: some ideas about
the precedence in the Italian and Spanish chronicles of the 14th and 15th
centuries
Josué VILLA PRIETO
Università degli Studi di Roma “Tor Vergata”. Este estudio cuenta con el apoyo de una ayuda postdoctoral Clarín-COFUND Marie Curie del Principado de Asturias (España) y de la Comisión Europea.
Mirabilia 24 (2017/1)
https://www.raco.cat/.../article/download/328730/419334/
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Portada:
Coronación del emperador Carlomagno el 25 de diciembre de 800 en Roma por el Papa León III, iluminación de "Les Grandes Chroniques de France" por Jean Fouquet, c. 1455-1460
( Coronation of Emperor Charlemagne on the 25th December, 800 in Rome by Pope Leo III, illumination from "Les Grandes Chroniques de France" by Jean Fouquet, c. 1455-1460)
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