En el segundo cuarto del siglo XV, en un momento sumamente complejo y crítico tanto en la Cristiandad Occidental como en la Oriental pareció haber un momento luminoso en el Concilio de Florencia cuando todo se mostraba encaminado a superar la ruptura del siglo XI. Sin embargo, pronto la ilusión se disipó y lo peor ocurrió: en 1453 Constantinopla caía ante la irrupción turca.
Los griegos que, traían a sus mejores teólogos, Manuel Calecas, Marcos Eugenikos y Skyropoulos, tuvieron como interlocutores a Cesarini, Ambrosio Traversari, Juan de Ragusa y Juan de Torquemada Fueron precisamente los griegos quienes propusieron la fórmula 'el Espíritu Santo procede del Padre sustancialmente por el Hijo'- que salvaba el escollo del Filioque. El 6 de julio de 1439 todos firmaron el Acta de Unión. Se abrazaron 4 cordialmente. Besarion ingresó en el Colegio de cardenales y se convirtió en el maestro de helenismo para los humanistas italianos.
Sin embargo esta esperanza se disipó sin que se alcanzaran los frutos deseados. Los bizantinos esperaban, y tenían derecho a ello, que el gesto de conciliación fuese seguido de un esfuerzo formidable por parte de los occidentales para acudir en socorro de Constantinopla, que agonizaba, rodeada por los turcos y viviendo apenas de un cordón umbilical marítimo. Nadie movió una vela, ni un soldado. Apenas si algunos mercaderes acudieron a la llamada. Eugenio IV proclamó solemnemente la cruzada invitando a los príncipes, en términos angustiosos, a que no abandonaran a Bizancio. Cesarini, partió hacia Hungría para tomar la dirección espiritual de un ejército que se proponía abrir un camino por tierra. Pero los turcos detuvieron a los cruzados en Varna y los destruyeron (1444),
La oposición contra el Acta de Unión se hizo en Constantinopla formidable. En 1448 un Sínodo reunido en Moscú rechazó oficialmente la unidad. Se preparaba a ser la Tercera Roma. En el verano de 1452, los turcos comenzaron a acumular tropas en torno a Constantinopla. Isidoro de Kiev forzó el bloqueo y vino a leer el decreto conciliar en el ambón de Santa Sofia (12 de diciembre). Una inmensa tristeza y pesadumbre se extendía ya por la ciudad. Ocho mil defensores, frente a setenta mil turcos se aprestaron a morir con honor. El 23 de mayo de 1453, mientras arreciaba el bombardeo, un barco llegó al Cuerno de Oro con noticias ni una sola vela cristiana se oteaba en el horizonte. El 25 los defensores comulgaron, conscientes de que era el final aquella noche los turcos comenzaron a penetrar por las brechas. En la tarde del día siguiente, cuando ya no había resistencia, porque los combatientes estaban muertos, Mahomet II penetró a caballo en Santa Sofia, profanó la cruz y las reliquias La ciudad de Constantino, donde no habia habido martires cristianos, se habia perdido para la Cristiandad.”(LUIS SUÁREZ FERNANDEZ, Humanismo y Reforma Católica. Libros mc. Madrid. 1987, por. 155-157)
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