SAN JERÓNIMO, APÓSTOL DE LA ESCRITURA

San Jerónimo (c. 347–420), uno de los grandes Padres de la Iglesia latina y Doctor de la Iglesia, nació hacia 347 en Estridón, una localidad de Dalmacia, probablemente en la actual Croacia.
 
Formación:
Recibió una sólida educación clásica en Roma, donde estudió gramática, retórica y literatura latina. Allí fue bautizado hacia 366. Su extraordinario dominio del latín y del griego, y posteriormente del hebreo, sería fundamental para su obra bíblica.

 Retiro y vida ascética:
Después de viajar por distintas regiones del Imperio, se retiró durante un tiempo al desierto de Calcis, en Siria, buscando una vida de penitencia y oración. Allí comenzó a estudiar hebreo y a profundizar en las Escrituras.
   Una experiencia decisiva fue su contacto con Roma y el círculo ascético de mujeres aristocráticas cristianas, especialmente Paula, Marcela y otras discípulas, a quienes instruyó en el estudio bíblico.

 La Vulgata:
Su gran obra fue la revisión y traducción de la Biblia al latín. Hacia 382, el papa Dámaso I le encargó revisar las traducciones latinas existentes de los Evangelios. Jerónimo amplió posteriormente el proyecto y trabajó sobre buena parte del Antiguo Testamento directamente a partir del hebreo, además de utilizar la tradición griega. El resultado fue la traducción bíblica que acabaría conociéndose como Vulgata, que se convirtió durante siglos en la principal Biblia de la Iglesia occidental.
Su principio de traducción se resume en una famosa expresión:
"No traduzco palabra por palabra, sino sentido por sentido".

 Belén:
Tras la muerte del papa Dámaso en 384, Jerónimo abandonó Roma y se estableció definitivamente en Belén, acompañado por Paula y otras mujeres de su círculo.
Allí fundaron monasterios y centros de estudio, y Jerónimo pasó las últimas décadas de su vida dedicado a la traducción y comentario de la Biblia, además de escribir numerosas obras polémicas y ascéticas.

 Un carácter polémico:
Jerónimo fue un hombre de enorme erudición, pero también de temperamento vehemente. Participó en numerosas controversias teológicas y mantuvo duras disputas con otros autores cristianos, entre ellos Rufino de Aquilea y Joviniano.
Defendió con particular fuerza la virginidad consagrada, el ascetismo y la superioridad espiritual de la vida monástica.

 El león:
La tradición artística suele representarlo acompañado de un león. Según una leyenda posterior, Jerónimo habría extraído una espina de la pata de un león que llegó hasta su monasterio; el animal habría permanecido desde entonces junto a él.
La historia probablemente no pertenece a las fuentes antiguas sobre Jerónimo, pero tuvo enorme éxito en el arte medieval y renacentista.

 Muerte:
Murió en Belén el 30 de septiembre de 420, fecha que actualmente celebra la Iglesia como su memoria litúrgica.

A él se refirió en sus catequesis el Papa Benedicto XVI:

"San Jerónimo, durante toda su vida, se caracterizó por un amor apasionado a las Escrituras, un amor que siempre trató de suscitar en los fieles. A una de sus hijas espirituales le recomendaba: 'Ama la sagrada Escritura, y la sabiduría te amará; ámala tiernamente, y te custodiará; hónrala y recibirás sus caricias. Que sea para ti como tus collares y tus pendientes' (Ep. 130, 20). Y añadía: 'Ama la ciencia de la Escritura, y no amarás los vicios de la carne' (Ep. 125, 11).
   Para san Jerónimo, un criterio metodológico fundamental en la interpretación de las Escrituras era la sintonía con el magisterio de la Iglesia. Nunca podemos leer nosotros solos la Escritura. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos fácilmente en el error. La Biblia fue escrita por el pueblo de Dios y para el pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Sólo en esta comunión con el pueblo de Dios podemos entrar realmente con el 'nosotros' en el núcleo de la verdad que Dios mismo nos quiere comunicar. Para él una auténtica interpretación de la Biblia tenía que estar siempre en armonía con la fe de la Iglesia católica." (BENEDICTO XVI, audiencia general del 14 de noviembre de 2007)

EN SÍNTESIS 
Jerónimo fue el gran filólogo bíblico del cristianismo latino: un erudito formado en la cultura clásica que convirtió el estudio de las lenguas —latín, griego y hebreo— en instrumento para comprender y transmitir las Escrituras.
Su importancia puede resumirse en tres dimensiones: erudición clásica, ascetismo monástico, traducción y comentario de la Biblia. Su obra ejerció una gran influencia en la Cristiandad medieval.

Dejamos una reflexión del santi sobre el libro del profeta Isaías:

"...expondré el libro de Isaías, haciendo ver en él no sólo al profeta, sino también al evangelista y apóstol. Él, en efecto, refiriéndose a sí mismo y a los demás evangelistas, dice: ¡Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva! Y Dios le habla como a un apóstol, cuando dice: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá a ese pueblo? Y él responde: Aquí estoy, mándame.
   Nadie piense que yo quiero resumir en pocas palabras el contenido de este libro, ya que él abarca todos los misterios del Señor: predice, en efecto, al Emmanuel que nacerá de la Virgen, que realizará obras y signos admirables, que morirá, será sepultado y resucitará del país de los muertos, y será el Salvador de todos los hombres.
... Este libro es como un compendio de todas las Escrituras y encierra en sí cuanto es capaz de pronunciar la lengua humana y sentir el hombre mortal. El mismo libro contiene unas palabras que atestiguan su carácter misterioso y profundo...
   Y, si a alguno le parece débil esta argumentación, que oiga lo que dice el Apóstol: De los profetas, que prediquen dos o tres, los demás den su opinión. Pero en caso que otro, mientras está sentado, recibiera una revelación, que se calle el de antes. ¿Qué razón tienen los profetas para silenciar su boca, para callar o hablar, si el Espíritu es quien habla por boca de ellos? Por consiguiente, si recibían del Espíritu lo que decían, las cosas que comunicaban estaban llenas de sabiduría y de sentido. Lo que llegaba a oídos de los profetas no era el sonido de una voz material, sino que era Dios quien hablaba en su interior como dice uno de ellos: El ángel que hablaba en mí, y también: Que clama en nuestros corazones: '¡Abbá! (Padre)', y asimismo: Voy a escuchar lo que dice el Señor." 

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