Isabel de Schönau (1126/1129–1164) fue una monja benedictina y visionaria alemana del siglo XII, contemporánea y cercana a Hildegarda de Bingen. Es una figura muy interesante para comprender la mística femenina medieval.
Ingresó muy joven —hacia los doce años— en el monasterio benedictino de Schönau, un monasterio doble donde convivían comunidades masculina y femenina. Allí pasó prácticamente toda su vida. Hacia 1152, cuando tenía unos 23 años, comenzó a experimentar intensas visiones místicas, que continuaron hasta su muerte. Sus visiones estaban frecuentemente relacionadas con la liturgia: durante la Misa, las fiestas de los santos o determinadas celebraciones del año litúrgico podía experimentar apariciones de Cristo, la Virgen, ángeles y santos, o contemplar escenas de la Pasión, Resurrección y otros episodios bíblicos.
En sus escritos aparecen denuncias contra:
-La simonía, es decir, la compra o venta de cargos y bienes espirituales.
-La avaricia y el apego a las riquezas entre personas consagradas.
-La relajación moral del clero y de los religiosos.
-El uso indebido de la autoridad eclesiástica.
-La falta de auténtica conversión y penitencia.
Un aspecto particularmente interesante es que estas denuncias aparecen dentro de sus revelaciones: Isabel presenta a Cristo, a la Virgen o a los santos como quienes le muestran o explican el estado espiritual de la Iglesia y de la sociedad cristiana. Por tanto, la autoridad de su crítica no procedía de una posición institucional —Isabel no era obispa, teóloga universitaria ni reformadora con jurisdicción— sino de su condición de visionaria.
Su hermano Egberto, que fue abad de Schönau y puso por escrito buena parte de sus visiones, también participó en la elaboración de este mensaje. Por eso los historiadores son prudentes: no siempre podemos determinar con absoluta seguridad cuánto de la crítica procede de la experiencia visionaria de Isabel y cuánto corresponde a la redacción e interpretación de Egberto.
Isabel resulta especialmente interesante porque pertenece a una generación en la que las mujeres visionarias comienzan a adquirir una voz pública dentro de la Iglesia medieval. La experiencia visionaria les proporcionaba una cierta autoridad religiosa para hablar sobre reforma espiritual, moral, liturgia y cuestiones teológicas.
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