Si hablamos de la teología de los Padres de la Iglesia en conjunto, podríamos decir que hay una tensión fecunda entre teología catafática y apofática, con una clara conciencia de que la segunda pone un límite a la primera.
1. La vía catafática: decir quién es Dios
La teología catafática afirma algo verdadero sobre Dios:
Dios es bueno.
Dios es sabio.
Dios es creador.
Dios es amor.
Dios es Trinidad.
El Hijo es Dios verdadero de Dios verdadero.
Los Padres tuvieron que utilizar necesariamente este lenguaje porque el cristianismo es una religión de revelación: Dios ha hablado y se ha manifestado en la historia, sobre todo en Cristo.
Por eso la teología patrística es profundamente catafática cuando confiesa:
«El Verbo se hizo carne» (Jn 1,14).
No podemos simplemente callar sobre Dios: la Iglesia tiene algo que anunciar.
2. Pero la vía apofática es fundamental
Al mismo tiempo, los Padres tienen una conciencia muy fuerte de que Dios trasciende infinitamente todo lo que podemos decir de Él.
Cuando decimos: «Dios es bueno»,
no estamos diciendo que la bondad de Dios sea simplemente una cualidad semejante a la bondad humana, pero infinitamente mayor. Estamos afirmando algo verdadero, pero inadecuado e incompleto.
Esto aparece especialmente en los Padres orientales y alcanza una formulación extraordinaria en Pseudo-Dionisio Areopagita. Para Dionisio, podemos ascender hacia Dios mediante afirmaciones:
Dios es bueno, Dios es sabio, Dios es vida... pero finalmente debemos superar todas esas afirmaciones: Dios no es simplemente bueno, ni sabio, ni vida en el sentido en que conocemos esas realidades. No porque las afirmaciones sean falsas, sino porque Dios las trasciende infinitamente.
3. En Oriente se desarrolló particularmente la teología apofática. Aquí la diferencia con Occidente es interesante.
En la tradición griega encontramos una fuerte línea apofática: Clemente de Alejandría, Orígenes, Padres capadocios, Pseudo-Dionisio, Máximo el Confesor, tradición hesicasta. Especialmente importante es san Gregorio de Nisa.
Para él, cuanto más conoce el hombre a Dios, más descubre que Dios es incomprensible. El conocimiento de Dios conduce paradójicamente al reconocimiento de su incomprensibilidad.
Esto está relacionado con su interpretación de Moisés: Moisés entra en la tiniebla para encontrarse con Dios. La oscuridad no significa ausencia de Dios, sino precisamente que la realidad divina supera la capacidad cognoscitiva humana.
4. Pero cuidado: apofatismo no significa agnosticismo. Este es el punto crucial.
El Padre de la Iglesia no dice: «No podemos conocer a Dios, por tanto no sabemos nada de Él». Dice más bien: «Podemos conocer verdaderamente a Dios, pero nunca podemos comprenderlo exhaustivamente».
Hay que distinguir: conocer y comprender exhaustivamente. Podemos conocer realmente quién es Dios porque Él mismo se revela, pero la esencia divina permanece incomprensible. Esta distinción será fundamental posteriormente en la teología cristiana.
5. ¿Y dónde queda Cristo?
Cristo impide que el apofatismo cristiano se convierta en una especie de mística de lo desconocido. Porque el Dios que es incomprensible en su esencia se ha hecho concreto y visible en Jesucristo. Por eso los Padres pueden mantener simultáneamente: Dios es incomprensible, Dios se revela verdaderamente, El Verbo se hace carne, podemos conocer a Dios en Cristo verdaderamente. Aquí aparece una paradoja magnífica de la teología patrística:
El Dios que no puede ser comprendido se hace visible.
6. Entonces, ¿qué predomina?
Si tuvieramos que dar una respuesta muy precisa diríamos: La teología patrística es catafática en su contenido y apofática en su conciencia de los límites. Es decir:
catafática, porque afirma verdades sobre Dios y formula dogmas. Pero apofática, porque insiste en que ninguna afirmación creada agota el misterio divino. Y conforme avanzamos hacia la tradición capadocia y dionisiana, el componente apofático se vuelve especialmente explícito. Por eso quizá la mejor fórmula sería: Los Padres no oponen apofatismo y catafatismo: afirman a Dios y, al mismo tiempo, niegan que nuestras afirmaciones puedan contenerlo.
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