El cardenal József Mindszenty estaba de pie junto a la ventana de su palacio en Esztergom. Era el 26 de diciembre de 1948, el día después de Navidad. Afuera, los coches de la policía secreta húngara ya rodeaban la manzana con los motores en marcha. Como máxima autoridad católica del país y príncipe de la Iglesia, Mindszenty sabía perfectamente que iban a por él.
Antes de abrirles la puerta, se sentó a su escritorio, agarró una pluma y dejó una nota rápida: “Si oyen que he confesado o que he renunciado, no lo crean. Será el resultado de la fragilidad humana”.
Se puso su sotana más vieja y sencilla, se metió en el bolsillo una estampa de Jesús con la corona de espinas, se despidió de su madre anciana y salió a la noche. No volvería a ser un hombre libre.
Lo que vino después fue el manual clásico del terror estalinista. Lo metieron en los sótanos del número 60 de la avenida Andrássy en Budapest, una dirección que todavía hace temblar a los húngaros. Durante semanas lo molieron a palos con porras de goma, lo drogaron, le quitaron la comida y le impidieron dormir hasta que su cerebro se rompió. Firmó lo que quisieron. El 3 de febrero de 1949 lo sentaron en un juicio farsa y cinco días después le cayó la cadena perpetua.
Mientras Truman y Churchill ponían el grito en el cielo y el papa Pío XII excomulgaba a los jueces, Mindszenty no oía nada. Estaba enterrado vivo en una celda de aislamiento.
Pasaron siete años de silencio. Hasta que el 23 de octubre de 1956, Hungría estalló. Los estudiantes y los obreros salieron a la calle, los soldados cambiaron de bando y el gobierno comunista se desmoronó en una semana. El 30 de octubre, un grupo de revolucionarios armados llegó a la prisión, sacó al cardenal y lo llevó en volandas hasta Budapest. Mindszenty habló por la radio, bendijo el levantamiento y el país saboreó la libertad.
La ilusión duró exactamente tres días.
El 4 de noviembre, los tanques soviéticos entraron a sangre y fuego en Budapest para aplastar la rebelión. Murieron miles de personas y doscientas mil huyeron con lo puesto. Sin otra opción, Mindszenty corrió hacia la embajada de Estados Unidos a pedir asilo. Le abrieron la puerta de milagro.
Y allí se quedó atrapado durante los siguientes quince años.
Su nuevo hogar era una oficina reconvertida con ventanas selladas que no podía abrir, una cama estrecha y un pequeño altar. No podía pisar el patio ni asomarse a la calle. Afuera, día y noche, año tras año, un coche de la policía secreta esperaba con los agentes de paisano fumando en la acera, deseando que el cardenal diera un solo paso en falso fuera del territorio diplomático. Mientras el mundo cambiaba de década, pasaban los presidentes y los papas morían, él seguía en su cuarto celebrando misa a solas y escribiendo sus memorias a escondidas. 5.475 días entre cuatro paredes.
Pero el golpe definitivo no vino de los comunistas. Vino de Roma.
A principios de los setenta, el papa Pablo VI decidió cambiar de estrategia y abrir una vía de diálogo con el bloque soviético. Y en ese nuevo tablero de ajedrez geopolítico, Mindszenty estorbaba. Era una acusación andante, la prueba viviente de las atrocidades del régimen con el que el Vaticano ahora quería sentarse a negociar. En 1971, el Papa le pidió directamente que abandonara la embajada, saliera de Hungría y se retirara en Roma.
Mindszenty entendió la jugada perfectamente. Su respuesta fue amarga: “Acepto lo que quizá sea la cruz más pesada de mi vida”.
El 28 de septiembre de 1971 salió por fin a la calle. Se puso un sombrero negro, subió a un coche oficial y enfilaron hacia la frontera con Austria. Justo al cruzar la línea divisoria, se quitó el sombrero. Debajo llevaba el birrete rojo de cardenal. Quería que los guardias fronterizos vieran exactamente a quién estaban expulsando.
Jamás volvió a ver su tierra en vida. En 1974, para terminar de arreglar los papeles con el gobierno comunista, el Vaticano declaró oficialmente vacante su sede arzobispal. No es que hubiera dimitido; lo apartaron para no molestar a sus antiguos torturadores. Mindszenty lo sintió como una puñalada por la espalda. Publicó sus memorias sin censura y murió al año siguiente en Viena, a los 83 años.
Dejó una última voluntad: que su cuerpo no regresara a Hungría hasta que el último soldado soviético hubiera abandonado el país. Los tanques se marcharon por fin en 1991. Ese mismo año, sus restos fueron exhumados y enterrados con honores en la basílica de Esztergom.
El obispo Fulton Sheen lo llamó el “mártir seco”. Un hombre al que destruyeron palmo a palmo mediante el aislamiento, el dolor y la traición de los suyos, sin llegar a pegarle un tiro. Los nazis lo encerraron, los comunistas lo torturaron y su propia Iglesia lo jubiló por razones de Estado. Murió en el exilio, pero al final ganó la partida. Porque las dictaduras siempre terminan pudriéndose, pero los hombres que se niegan a doblar la rodilla se quedan para siempre.
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