LAS MATRONAS CRISTIANAS DE LOS SIGLOS IV-V

"Que en el siglo IV y en los comienzos del V hubiera mujeres que viajaban mucho es cosa que no asombra. Sabemos que era un período de fuerte emancipación de la mujer romana, especialmente de las damas de la aristocracia, y esto había hecho que muchas de aquellas continentes, de aquellas vírgenes, de aquellas 'viduae' que caracterizaban el mundo femenino cristiano de los primeros siglos se entregaran con gran libertad al estudio de la Biblia, manifestando su interés por los lugares y los monumentos recordados en las Escrituras. Del interés de algunas de estas damas por la Tierra Santa y la historia sagrada, a las cuales iba siempre unida la atracción por el mundo monástico egipcio, nacieron algunas fundaciones cenobíticas en el interior y en los alrededores de Jerusalén.
   Uno de los primeros grandes modelos en este sentido lo habia constituido una matrona de la gens Antonia, Melania. Quedando trágicamente privada, poco después de los veinte años, del marido y de dos hijos, confió el tercero a un tutor e hizo voto de llevar una vida de oración y de penitencia en Oriente. En el 372, con otras dos damas de la aristocracia, se embarcó hacia Alejandría, donde halló a Rufino de Aquilea; visitó entonces a los anacoretas del desierto egipcio, vivió el drama de la persecución arriana y llegó por fin en el 378 a Jerusalén, donde fundó en el monte de los Olivos un monasterio no lejos del de su maestro espiritual, Rufino. A partir del 386, Jerónimo -ya exiliado, no se sabe hasta qué punto voluntariamente, de Roma-, junto con Paula, descendiente de la familia de los Escipiones Emilianos, Eustoquio y otras mujeres, fundaron en Belén un monasterio 'doble', al cual no tardó en sumarse un albergue de peregrinos, y pusieron en marcha la experiencia que conduciría a Paula y Eustoquio a escribir a su amiga Marcela -una de las iniciadoras del movimiento monástico en la Urbe- una carta famosa (todavía se discute la contribución de Jerónimo a su redacción) en la cual la invitaban a encontrarse en Tierra Santa. Paula fallecería en el 404 y Eustoquio en el 418; apenas un año después, expiraría el mismo Jerónimo. Entre tanto, no obstante, a causa del saqueo visigodo de Roma del 410, otras mujeres pertenecientes al mundo aristocrático romano habían buscado refugio en los lugares que recordaban la vida terrena del Salvador. En el 'Epitaphium sanctae Paulae', Jerónimo ha descrito con tono conmovido la viva participación de su amiga en los misterios de Cristo que los Santos Lugares le ponían ostensiblemente a la vista: 'prosternada ante la cruz, casi como si viera al Señor clavado, se su mia en oración [...]'; 'entrando en el Sepulcro de la Resurrección, besaba la piedra, [...] y rozaba con los labios el lugar donde habia yacido el cuerpo del Señor (...)'; 'al entrar en la gruta del Salvador [...] afirmaba que percibía con los ojos de la fe cómo el Niño envuelto en los pañales lloraba en el pesebre, cómo los Magos lo adoraban como Dios, cómo lucía la fúlgida estrella, a la Virgen Madre, al educador solicito, a los pastores [...]'. Estamos ante imágenes que han condicionado verdadera y profundamente a través de milenios nuestro bagaje cultural; imágenes que, desde el relato evangélico, llevan el sello de palpitantes presencias femeninas: María con el Niño, María y Magdalena con Juan al pie de la cruz, y, también, la Magdalena y las tres Marías, en el Sepulcro, primeros testigos de la Resurrección. ¿Cuánto hay propiamente de Jerónimo y cuánto, en cambio, surgido en el seno de este ambiente de pías damas y en él celosamente alimentado, en el pathos de estas escenas evangélicas revividas, nos atreveríamos a decir, con el poder de la visión? Rogando a Marcela que se reúnan en Tierra Santa, Paula y Eustoquio escribían:

'¿Vendrá el día en que entraremos en la gruta del Salvador, en que contigo-hermana y madre nuestra caminaremos hasta la tumba del Señor? ¿Besaremos entonces el árbol de la Cruz, y subiremos en ora-ción y en espíritu al Monte de los Olivos con el Cristo? ¿Veremos a Láza ro avanzar envuelto en el sudario, y las aguas del Jordán purificadas por el bautismo del Señor?'

   Un verdadero diluvio de matronas inunda a la Jerusalén de los tiempos de Jerónimo; después de Melania vienen su hija Albina y Melania la menor, hija de ésta; y prácticamente todas las mujeres del poderoso prefecto del pretorio Rufino (su mujer, su hija, su cuñada); ciertamente, teniendo en cuenta que Jerónimo la emprendió alguna vez contra el lujo y la libertad de costum-bres que ésas ostentaban, no todas debían de comportarse de manera ejemplar. Jerusalén, que tal vez ha crecido demasiado deprisa después de la refundación cristiana a la que Constantino había dado un decisivo impulso -alentado, según la tradición, por su madre Elena-, se ha convertido en una ciudad de fuertes contradicciones: una tensión litúrgica y sacra vivísima, por una parte; una rica y pintoresca confusión de lenguajes, de costumbres, de estilos de vida, de mercancías, de exigencias, por otra. Esto, sin duda, explica ampliamente las reservas, las perplejidades y a veces las reprensiones de los Padres." (F. BERTINI y otros, "La Mujer Medieval")

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