CHESTERTON, EL HOMBRE ETERNO

Gilbert Keith Chesterton nació el 29 de mayo de 1874 en Londres, en el seno de una familia de clase media. Estudió arte y literatura, aunque pronto orientó su carrera hacia el periodismo y el ensayo. Dotado de un ingenio excepcional, escribió sobre política, religión, filosofía, literatura y sociedad, siempre con un estilo brillante, paradójico y humorístico.
   En 1901 se casó con Frances Blogg, quien tuvo una influencia decisiva en su vida personal y espiritual. Tras un largo proceso intelectual, en el que fue profundizando en el cristianismo, ingresó en la Iglesia católica en 1922. Su conversión fue un acontecimiento de gran repercusión en el mundo cultural inglés.
   Entre sus obras más conocidas se encuentran Ortodoxia (1908), El hombre eterno (1925), Herejes (1905) y la serie de relatos policiales protagonizados por el Padre Brown, un sacerdote que resuelve crímenes gracias a su profundo conocimiento del alma humana.
   Chesterton defendió la dignidad de la persona, la familia, la tradición cristiana y una organización económica inspirada en el distributismo, propuesta que desarrolló junto con su amigo Hilaire Belloc.
   Falleció el 14 de junio de 1936 en Beaconsfield, Inglaterra, a los 62 años. Hoy es considerado uno de los grandes apologistas del cristianismo moderno y su pensamiento influyó en autores como C. S. Lewis y Jorge Luis Borges, entre muchos otros.

   Una de sus obras más importantes fue "El hombre eterno", publicada en 1925. En ella busca responder a las interpretaciones materialistas y evolucionistas de la historia de la humanidad, mostrando que el cristianismo ofrece la explicación más coherente del hombre y de la historia.
La obra se divide en dos partes:

1. La criatura llamada hombre Chesterton sostiene que el ser humano no puede entenderse como un simple animal más desarrollado. Aunque comparte rasgos biológicos con los demás seres vivos, posee características únicas: la razón, el lenguaje simbólico, el arte, el sentido moral, la religión y la capacidad de preguntarse por el significado de la existencia. Estas capacidades revelan una diferencia cualitativa, no solo de grado.
2. El hombre llamado Cristo En la segunda parte afirma que Jesucristo constituye un acontecimiento absolutamente singular en la historia. Mientras todas las religiones expresan la búsqueda del hombre hacia Dios, en el cristianismo es Dios quien sale al encuentro del hombre en la persona de Cristo. La Iglesia, para Chesterton, no es un mito más entre otros, sino la continuación histórica de ese acontecimiento único.
Ideas principales

   El hombre es para Chesteron un ser excepcional, abierto a la verdad, la belleza y Dios. La historia humana muestra una búsqueda religiosa universal. Cristo no puede reducirse a un simple maestro moral o fundador religioso; su figura es única e irreductible. El cristianismo da sentido tanto a la naturaleza humana como al desarrollo de la historia. La fe cristiana no contradice la razón, sino que la lleva a su plenitud.

   La influencia de "El hombre eterno" fue muy amplia. C. S. Lewis reconoció que su lectura fue decisiva en el camino que lo condujo desde el ateísmo hacia el cristianismo. Aunque la conversión de Lewis fue un proceso complejo, esta obra de Chesterton desempeñó un papel fundamental al mostrarle una visión de la historia y de Cristo intelectualmente convincente.

   Dejamos a continuación la primera página de esta magnífica obra:

"Allá lejos, en alguna extraña constelación celeste infinitamente remota, existe una diminuta estrella que los astrónomos quizá lleguen un día a descubrir. Hasta ahora, al menos, no me ha parecido observar en el rostro o en la actitud de la mayoría de los astrónomos ningún signo manifiesto de haberla descubierto, aunque de hecho estuvieran caminando sobre ella todo el tiempo. Se trata de una estrella capaz de engendrar por sí misma plantas y animales de muy diversos géneros, entre los cuales el más curioso es el de los hombres de ciencia. Así es como empezaría yo una historia del mundo si hubiera de seguir la costumbre científica de comenzar con un relato del universo. Trataría de ver la tierra desde fuera, no desde la reiterada perspectiva de su posición relativa con respecto al sol, sino imaginando cómo vería las cosas un espectador que no habitara en nuestro mundo. Pero, por otra parte, no creo que salirse del ámbito de lo humano sea el mejor procedimiento para estudiar la humanidad. No soy partidario de insistir en distancias que se supone empequeñecen el mundo, de la misma manera que creo que hay algo de vulgar en burlarse de una persona por su tamaño. Y puesto que no es factible esa primera idea que pretende hacer de la tierra un planeta extraño para darle importancia, no buscaré hacer-la pequeña para convertirla en algo insignificante. Me gustaría insistir más bien en que ni siquiera sabemos si se trata de un planeta, en el mismo sentido en que sí sabemos que se trata de un lugar, y un lugar verdaderamente extraordinario. Éste es el enfoque que pretendo aplicar desde el principio; un planteamiento no tanto astronómico como de carácter familiar."

   Cerramos con una frase que resume el pensamiento de este eminente escritor: «El mundo no perecerá por falta de maravillas, sino por falta de asombro».

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