JUSTINO, FUNDADOR DE LA REFLEXIÓN QUE UNE LA RAZÓN Y LA FE

Nacido hacia el año 100 en Flavia Neápolis (Samaria) de padres paganos, Justino dedicó su juventud a una búsqueda incansable de la verdad en las escuelas estoica, peripatética y platónica. Según su propio relato en el Diálogo con Trifón, su conversión definitiva ocurrió tras un encuentro con un anciano a orillas del mar, quien le mostró el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento en Cristo. Desde entonces, Justino abrazó el cristianismo como la “única filosofía segura y provechosa”, conservando el palio filosófico y fundando en Roma una escuela donde enseñaba gratuitamente la fe cristiana.
   Considerado uno de los primeros grandes apologistas cristianos, sus obras —especialmente las dos Apologías y el Diálogo con Trifón— defienden la racionalidad de la fe y constituyen un valioso testimonio sobre la vida de la Iglesia en el siglo II. En ellas describe el Bautismo como regeneración espiritual y la Eucaristía como el verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo, afirmando así la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Desarrolló además la doctrina del Logos Spermatikos, según la cual toda verdad alcanzada por la razón humana, también por filósofos paganos, participa de las “semillas del Verbo”, cuya plenitud se manifiesta en Cristo.
   Durante el reinado del emperador Marco Aurelio fue arrestado y conducido ante el prefecto Junio Rústico. Según las Actas de su martirio, al ser obligado a sacrificar a los ídolos respondió: 'Nuestro deseo es padecer por amor de nuestro Señor Jesucristo para ser salvados'. Fue decapitado hacia el año 165 junto a sus compañeros Caritón, Carito, Evelpisto, Hierax, Peón y Liberiano. Su testimonio permanece como ejemplo de la armonía entre la fe cristiana y la razón filosófica.
   Delante del verdugo proclamó la "Regla de la Fe", antecedente de lo que luego sería el Credo Apostólico:

"Adoramos al Dios de los cristianos, que es uno, y creador y artífice de todo el universo, de las cosas visibles e invisibles; creemos en nuestro Señor Jesucristo como Hijo de Dios, anunciado por los profetas como el que había de venir al género humano, mensajero de salvación y maestro de insignes discípulos. Yo soy un hombre indigno para poder hablar adecuadamente de su infinita divinidad; reconozco que para hablar de él es necesaria la virtud profética, pues fue profetizado, como te dije, que éste de quien he hablado, es el Hijo de Dios. Yo sé que los profetas que vaticinaron su venida a los hombres recibían su inspiración del cielo."

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