EL MONACATO PRIMITIVO

Los orígenes del monacato cristiano se remontan a los siglos III y IV, cuando algunos cristianos comenzaron a retirarse del mundo para buscar una vida de mayor perfección evangélica mediante la oración, la penitencia y la pobreza.
   Durante las persecuciones romanas, el ideal supremo de santidad era el martirio. Cuando las persecuciones terminaron tras el reinado de Constantino y el cristianismo fue tolerado, muchos creyentes sintieron que la Iglesia corría el riesgo de acomodarse al mundo. Entonces buscaron una nueva forma de "martirio": el combate espiritual contra las pasiones, la soledad y las tentaciones.
   Los pioneros fueron los llamados Padres del Desierto, que se retiraron a las regiones áridas de Egipto, Siria y Palestina. El más famoso fue Antonio Abad (c. 251-356), quien vendió sus bienes y se retiró al desierto egipcio para vivir como eremita (solitario). Su vida fue narrada por Atanasio de Alejandría, y esa obra difundió el ideal monástico por todo el mundo cristiano.
   Pronto surgió otra forma de vida: la comunidad monástica. El gran organizador fue Pacomio (c. 292-348), quien reunió a los monjes en monasterios donde compartían:
-La oración
-El trabajo
-La obediencia a un superior
-Los bienes en común

   A esta forma de vida se la llama cenobítica (del griego koinos bios, "vida en común"). 
   Un gran estudioso del monacato primigenio nos informa:

   "Los ascetas de ambos sexos anteriores al monacato constituyen de algún modo la primera manifestación de la vida religiosa en la Iglesia cristiana. En torno al núcleo primitivo y esencial del celibato -la renuncia más radical-, fueron apareciendo la pobreza voluntaria, más o menos perfecta; los ayunos, la abstinencia de determinados alimentos, las velas nocturnas, la oración más frecuente, la salmodia diaria; en suma, casi todas las observancias que luego serán patrimonio de los monjes. Incluso se va afirmando más y más la vida comunitaria. Y llega un momento en que las semejanzas entre los ascetas premonásticos y los mismos monjes y sus instituciones son tan grandes, que resulta imposible decidir si determinados individuos o agrupaciones deben clasificarse entre los primeros o los segundos. Tal es el caso, para algunos, de los llamados hijos e hijas de la alianza», de la Iglesia siria, de los que nos hablan San Efrén y Afraat y que en el siglo IV formaban pequeños grupos en torno a determinados templos, permanecían célibes, se abstenían de vino y carne, llevaban un vestido característico, oraban con frecuencia y tomaban parte activa en las asambleas litúrgicas. O también el de los monazontes y parthenae de Palestina, mencionados por Egeria y San Cirilo de Jerusalén. O el de las comunidades urbanas de Milán y Roma, cuyo elogio nos traza San Agustín. De todos modos resulta indudable que fue en la misma línea y al término de una evolución homogénea de tales grupos de ascetas como nació ese poderoso movimiento, de manifestaciones tan diversas, que designamos con un nombre que ja-más ha sido unívoco: el monacato." (GARCÍA COLOMBÁS, "El MONACATO primitivo")

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