HILARIO, EL "ATANASIO" DE OCCIDENTE

San Hilario de Poitiers fue uno de los grandes defensores de la fe cristiana contra el arrianismo, doctrina que negaba la plena divinidad de Cristo. Por esa lucha lo llamaron el “Atanasio de Occidente” y también el “martillo de los arrianos”.
   Nació en Poitiers (actual Francia) hacia el año 315, en una familia pagana y culta. Tras estudiar filosofía y leer especialmente el Evangelio de San Juan, se convirtió al cristianismo siendo adulto. Más tarde fue elegido obispo de Poitiers alrededor del año 350. 
   Su época estuvo marcada por la crisis arriana. Hilario defendió con fuerza la doctrina del Concilio de Nicea, según la cual el Hijo es verdaderamente Dios, consustancial al Padre. Por eso fue desterrado a Frigia por el emperador Constancio II, favorable a los arrianos. Durante el exilio escribió gran parte de su obra teológica, especialmente el tratado "De Trinitate". 
   Entre sus rasgos más importantes:
Gran teólogo de la Trinidad.
Introductor en Occidente de muchas ideas teológicas orientales.
Escritor bíblico y comentarista de los Salmos y del Evangelio de Mateo.
Defensor firme pero también pastoral de la unidad de la Iglesia.
Fue proclamado Doctor de la Iglesia por el papa Pío IX en 1851. Su fiesta se celebra el 13 de enero en el calendario romano. 

Dejamos a continuación algunas de sus reflexiones:

"Uno solo es el Creador de todo, ya que uno solo es Dios Padre, de quien procede todo; y uno solo el Hijo único, nuestro Señor Jesucristo, por quien ha sido hecho todo; y uno solo el Espíritu, que a todos nos ha sido dado.
   Todo, pues, se halla ordenado según la propia virtud y operación: un Poder del cual procede todo, un Hijo por quien existe todo, un Don que es garantía de nuestra esperanza consumada. Ninguna falta se halla en semejante perfección; dentro de ella, en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, se halla lo infinito en lo eterno, la figura en la imagen, la fruición en el don...
...ya que la debilidad de nuestra razón nos hace incapaces de conocer al Padre y al Hijo y nos dificulta el creer en la encarnación de Dios, el Don que es el Espíritu Santo, con su luz, nos ayuda a penetrar en estas verdades... nuestra alma, si no recibe por la fe el Don que es el Espíritu, tendrá ciertamente una naturaleza capaz de entender a Dios, pero le faltará la luz para llegar a ese conocimiento. El Don de Cristo está todo entero a nuestra disposición, y se halla en todas partes, pero se da a proporción del deseo y de los méritos de cada uno. Este Don está con nosotros hasta el fin del mundo; él es nuestro solaz en este tiempo de expectación..." (Del Tratado sobre la Trinidad)

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