Los grandes hombres, encargados de grandes misiones, tienen el arte de elegir los mejores colaboradores. Y las grandes mujeres también. Tal es el caso de la gran Isabel la Católica, quien en la enorme tarea que tuvo de dar forma a una Nación: unificarla, ordenarla, organizarla, y además, echar las bases de un gran imperio, todo en una puntillosa fidelidad a la gran tradición del Occidente cristiano, supo elegir a hombres de una altura interior sobresaliente. Tal es el caso del Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, a quien lo sacó de su celda de anacoreta, para hacerlo su confesor, su colaborador en la reforma de la iglesia española, y uno de los pilares del reino y de la Iglesia. Un hombre, como así también una mujer, cuya obra dejó una huella trascendental para los pasos que siguieron las generaciones posteriores.
“Confesor de la reina Isabel desde 1492...provincial de los franciscanos de Castilla, Arzobispo de Toledo y Primado de las Españas desde 1495, Inquisidor General desde 1507, regente del Reino en dos ocasiones, este fraile domina...claramente la vida religiosa durante los veinte años que preceden al estallido de la Reforma (protestante).” (MARCEL BATAILLON. Erasmo y España. Estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI. Fondo de Cultura Económica. México. 1950, pp. 1-2)
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