El Misterio de la Encarnación del Verbo ha sido el hecho que más debate intelectual ha generado en los primeros ocho siglos del Cristianismo. La historia de los Concilios así lo demuestra. Y no es casual que estos primeros Concilios se hayan cerrado con la controversia en torno a la licitud de representar a Nuestro Señor y a sus santos a través de los iconos. Frente a los iconoclastas, enemigos de los iconos, el II Concilio de Nicea salvó la Ortodoxia, y aseguró para el futuro la riqueza de la belleza sacra que contemplamos cuando nos posicionamos ante a una imagen sagrada, la cual nos abre una ventana al Mundo Sobrenatural. Nos dice al respecto el Padre Alfredo Sáenz: “El triunfo de la Ortodoxia celebra la síntesis dogmática que el Séptimo Concilio Ecuménico realizara de los seis primeros concilios, concretada en el culto de las imágenes. Porque, como se ha podido observar, esta querella no es reductible al ámbito meramente pastoral, como si hubiera versado sobre la conveniencia o disconveniencia de venerar las imágenes. Fue por sobre todo una cuestión teológica” ( Sáez, Alfredo, "El Icono, esplendor de lo sagrado").
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