En la cultura española e hispanoamericana cada ciudad era considerada una República (del latín, res –cosa-, pública –de todos-). Estaba constituida en torno a una plaza, frente a la que se edificaban la iglesia y el Cabildo –institución encargada del gobierno de la ciudad, cuyos miembros eran elegidos entre los vecinos. Se consideraba vecino a todo padre de familia con propiedad en la ciudad. La ciudad era el ámbito en el que las personas se integraban en los diversos cuerpos sociales que les permitían desarrollar sus potencialidades humanas. Todos estos cuerpos sociales eran muy importantes en el desarrollo de la vida comunitaria, y en la celebración de festividades, en las que cada uno de ellos tenía un lugar específico propio. Por medio de las fiestas los vecinos hacían presente en sus vidas el misterio celebrado, aprendían lecciones de arquetipos presentados como modelos –razón por la cual tenían, también, un sentido educativo-, y se integraban a la vida de la ciudad, a sus orígenes, a sus fundadores, brindando, este tipo de celebraciones, pertenencia e identidad.
Las diversas Órdenes, Congregaciones, fuertemente presentes en cada ciudad a través de sus iglesias, conventos, cofradías, Terceras Órdenes, y la celebración pública y ostentosa de sus devociones particulares. Cada familia espiritual se expresaba apoteósicamente en aquellas celebraciones y festividades estruendosas, y en aquellas iglesias magníficas y suntuosas, que celebraban al Dios encarnado: el de Belén y el del Calvario, al del Viernes Santo y al de la Eucaristía, al de la Corona de espinas y la Crucifixión, y al Resucitado el domingo de Pascual.
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