EL TIEMPO DE LOS PADRES APOSTÓLICOS Y LA UNIDAD DE LA IGLESIA

La Iglesia del tiempo de los Padres Apostólicos corresponde aproximadamente al período entre fines del siglo I y mediados del siglo II (más o menos del año 70 al 150 d.C.), es decir, la generación inmediatamente posterior a los Apóstoles. Los Padres Apostólicos fueron los discípulos directos de los Apóstoles o de sus discípulos inmediatos. Ellos nos transmiten la fe viva de la primera Iglesia, antes de la gran teología sistemática.
Los principales son:
-Clemente de Roma
-Ignacio de Antioquía
-Policarpo de Esmirna

Escritos de estos tiempos son:
-La Didajé (obra anónima)
-El Pastor de Hermas
-La Carta de Bernabé

 La Iglesia de los Padres Apostólicos era una Iglesia muy consciente de la sucesión apostólica. Ya aparece clarísimo que la Iglesia está organizada en torno a:
-Obispo
-Presbíteros
-Diáconos 

   Era también una Iglesia muy eucarística:
La Eucaristía es el centro de la vida cristiana. No se la ve como símbolo, sino como verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo.

   Uno de los Padres Apostólicos fue el obispo mártir San Ignacio de Antioquía, quien escribió acerca de la unidad de la Iglesia:

“Es justo que vosotros glorifiquéis de todas las maneras a Jesucristo, que os ha glorificado a vosotros, de modo que, unidos en una perfecta obediencia, sumisos a vuestro obispo y al colegio presbiteral, seáis en todo santificados. 
   No os hablo con autoridad, como si fuera alguien. Pues, aunque estoy encarcelado por el nombre de Cristo, todavía no he llegado a la perfección en Jesucristo. Ahora, precisamente, es cuando empiezo a ser discípulo suyo y os hablo como a mis condiscípulos. Porque lo que necesito más bien es ser fortalecido por vuestra fe, por vuestras exhortaciones, vuestra paciencia, vuestra ecuanimidad. Pero, como el amor que os tengo me obliga a hablaros también acerca de vosotros, por esto me adelanto a exhortaros a que viváis unidos en el sentir de Dios. En efecto, Jesucristo, nuestra vida inseparable, expresa el sentir del Padre, como también los obispos, esparcidos por el mundo, son la expresión del sentir de Jesucristo.
    Por esto debéis estar acordes con el sentir de vuestro obispo, como ya lo hacéis. Y en cuanto a vuestro colegio presbiteral, digno de Dios y del nombre que lleva, está armonizado con vuestro obispo como las cuerdas de una lira. Este vuestro acuerdo y concordia en el amor es como un himno a Jesucristo. Procurad todos vosotros formar parte de este coro, de modo que, por vuestra unión y concordia en el amor, seáis como una melodía que se eleva a una sola voz por Jesucristo al Padre, para que os escuche y os reconozca, por vuestras buenas obras, como miembros de su Hijo. Os conviene, por tanto, manteneros en una unidad perfecta, para que seáis siempre partícipes de Dios. 
     Si yo, en tan breve espacio de tiempo, contraje con vuestro obispo tal familiaridad, no humana, sino espiritual ¿cuánto más dichosos debo consideraros a vosotros, que estáis unidos a él como la Iglesia a Jesucristo y como Jesucristo al Padre, resultando así en todo un consentimiento unánime? Nadie se engañe: quien no está unido al altar se priva del pan de Dios. Si tanta fuerza tiene la oración de cada uno en particular, ¿cuánto más la que se hace presidida por el obispo y en unión con toda la Iglesia?” (SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA)

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