LO SÓLIDO Y LO EFÍMERO

 

“El siglo de la caballería ha pasado, se inaugura el de los sofistas, de los economistas, de los calculadores. La gloria de Europa se ha extinguido para siempre.” (Edmund Burke)


“Sin embargo, en ciertas partes de nuestro planeta, en muy determinadas  regiones de la tierra, la resistencia a la aplanadora masificante de la Ideología  modernista ha sido…obstinada (Enrique Díaz Araujo)    


     El hombre de la Tradición era un ser anclado a lo inmutable. La contemplación lo abría a la realidad profunda de las cosas: sabía lo que cada cosa ES, y a través de ellas se remontaba al SER, causa y fundamento de lo que es. El alma humana, espéculo de la realidad, al saber lo que las cosas son, podía establecer la JERARQUÍA que entre las mismas existe. Distinguía, por tanto, las cosas y causas más nobles de las que eran de menor cuantía. Y se ponía, si era consecuente con los valores y mandatos recibidos, al SERVICIO de lo mejor. SER, JERARQUÍA y SERVICIO, tres palabras clave, pues, para entender el mundo de la Tradición.

     La Modernidad rompió ese equilibrio. El fenómeno, lo que APARECE, la “corteza” exterior de las cosas, reemplazó a su esencia profunda. Al no haber esencias ya no puede haber jerarquías. Y si no hay Ser ni Jerarquías, ya no hay nada ni nadie a quien servir. El conocimiento de los fenómenos será un medio para que los individuos puedan dominar sobre esos hechos y servirse de los mismo: el utilitarismo reemplazará, pues, al antiguo ideal de servicio. La Postmodernidad radicalizará esta situación desembocando en un individualismo y relativismo absoluto: nada es real, todo es “construido”. Incluso la búsqueda de la utilidad  será llevada al extremo de que lo único que tiene valor es lo que procura un goce instantáneo, efímero, aquí y ahora -sin ninguna proyección hacia el futuro, como al menos lo tenía la Modernidad, en sus utopías-.

     Pero, en medio de este declive hubo figuras que supieron arraigarse a lo perenne, que reconocieron el fundamento profundo de lo que es, respetaron la jerarquía que existe en lo real, y se pusieron al servicio de las causas más nobles. Uno de ellos es el gran estadista ecuatoriano Gabriel García Moreno quien, en medio de la Revolución Liberal que atravesó el siglo XIX, se jugó por la causa de la Realeza de CRISTO, llegando al extremo de dejar la vida en la contienda. Transcribimos a continuación unas líneas dedicadas a tan magno arquetipo:


     “...la figura de Gabriel García Moreno es en el aspecto político-religioso la más alta y pura y heroica de toda América, y nada pierde en comparación con las más culminantes de la Europa cristiana en sus mejores tiempos, basta ella sola, aunque faltaran otras, para que la república del Ecuador merezca un brillante capítulo en los anales (de la civilización cristiana)...” (GARCÍA VILLOSLADA)


     “Sin una intervención divina enteramente especial, sería difícil comprender cómo en tan corto tiempo habéis restablecido la paz, pagado muy notable parte de la deuda pública, duplicado las rentas, suprimido impuestos vejatorios, restaurado la enseñanza, abierto caminos y creado hospicios y hospitales.” (CARTA DE PÍO IX A GARCÍA MORENO)




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