IGNACIO BRAULIO ANZOÁTEGUI, POETA DE LA HISPANIDAD

Quisiéramos dedicar aunque sea unos renglones a un gran poeta -católico, argentino y nacionalista- que supo cantar las glorias de la Hispanidad a través de conferencias y artículos: Ignacio Braulio Anzoátegui. En 1946 pudo viajar a España y tener un encuentro con las Juventudes de la Falange. En aquella ocasión dijo al auditorio que regresaba a España “después de una ausencia de cuatrocientos años”. Ante tales palabras el Delegado Nacional del Frente de Juventudes afirmó poéticamente:

     “Ignacio Anzoátegui, camaradas, nos ha dicho que viene de regreso a España, después de cuatrocientos años. (…) Es uno de los treinta y dos mayorazgos que en salió aquella tan brillante como desgraciada expedición que se entraría por el Río de la Plata (…). Los mandaba, como sabéis, don Pedro de Mendoza, Gentilhombre del Emperador (…).

     De aquella expedición guarda, sin duda, el recuerdo de la íntima amistad y de las confidencias con don Rodrigo de Ahumada y Cepeda, el hermano predilecto de la Santa más Santa (…). De la influencia de Ignacio B. Anzoátegui en aquella expedición hay un dato bien elocuente: él, además de soldado es, como Garcilaso, poeta (…).

     De paso ha recalado hoy en la Academia de Mandos ‘José Antonio’ (…)

     La Academia ‘José Antonio’ entera, con todos sus corazones y aun sus muros se estremece de emoción, de orgullo y júbilo al recibirte hoy, camarada Ignacio Anzoátegui, en tu viaje de regreso. (…) Todos somos o queremos ser jóvenes como tú: jóvenes de más de cuatrocientos años. Queremos revivir con el estilo de nuestra vida el joven espíritu de la época de los Reyes Católicos y de sus nietos, cuando España sabía ser para el mundo entero madre cristiana y, por lo tanto, también madre dolorosa. (…)

     Porque eres el mejor representante de esa hidalguía española-argentina, de esa hispano-filiación, porque en horas bien difíciles supiste levantar tu voz fuerte de soldado y de poeta frente a la algazara antiespañola para alentarnos en la empresa iniciada por el Gran Capitán, Francisco Franco, y decirnos que para que España no fuera una España Incendiada o incendiaria  tenía que ser una España encendida, te damos el abrazo de bienvenida en este reencuentro jubiloso.”

 

     Entre las palabras que Anzoátegui dirigió a los Jóvenes de la Falange se encuentran unas que son una síntesis de los hitos de la historia de España, narrada en una “prosa poética”. Palabras que cantan enardecidas las glorias de la Hispanidad:

 

“Camaradas de la Falange

     Tenéis en vuestras manos el destino de España. Vuestro es desde los primeros hombres que inauguraron la mañana de la Península y adorando Dios     sabe qué dioses, adoraban al Dios anunciado.

     Vuestro es en sus cuevas pintadas, y en sus bisontes de colores litúrgicos, y en sus ciervos disparados hacia el horizonte de la cacería ancestral; vuestro en sus tallas de piedra, y en la Dama de Elche, madre y matrona, novia y promesa de maternidad.

     Vuestro es en la bárbara pelea de la honda y del hierro; vuestro en la desesperación nacional del heroísmo íbero luchando a brazo partido contra Roma: a brazo partido para ganarla sobre la tierra hispano-romana.

     Vuestro en la marcha de las legiones favorecidas de águilas y presagios, portadoras del Arca de la Alianza Imperial.

     Vuestro en las cortes castrenses de los monarcas visigodos, y en sus santos, halconeros del alma, y en la bravura de Germania, la paridora de héroes; vuestro en los Nibelungos, bautizados quieras que no quieras en el chapuzón de cada río de la Península Ibérica y Católica: quieras que no quieras, como lo quiere la Gracia omnipotente.

     Vuestro en la rota de Guadalete, hundida en sangre España hasta las rodillas, mientras por el cielo bailaba la media luna de hoz que empuñaba Mahoma desde los infiernos; vuestro en la penitencia de Rodrigo y en las unánimes campanas del perdón; vuestro en Pelayo y en el Cid Ruy Díaz, y en San Fernando, y en el otro Fernando, el de Isabel; vuestro en la Reina Nuestra Señora, a cuyo corazón de madre, América apuntaba con la ballesta de la Cruz del Sur.

     Vuestro es en la empresa del Descubrimiento y en la cotidiana sorpresa de la Conquista; vuestro en la seguridad marina de los Pinzones y en el buen sentido heroico de Hernán Cortés; vuestro en la lujosa aventura de aquel Pedro de Mendoza que se lanzó a fundar en la más alejada de las tierras la patria de los ganados y de las mieses; vuestro en aquel Sebastián Elcano que, echando distraídamente sus redes hacia el horizonte, ola a ola y milla a milla, ganó un mundo para su escudo con la leyenda “Primus circumdidiste me”.

Vuestro en la gloria del César Carlos V, a quien, vencedor en VIllalar, ganasteis en Villalar para España: el que, de triunfo en triunfo, recorrió los campos de Europa en alas de pólvora española y, para honrarle, llevó prisionero al Rey francés a Madrid.

     Vuestro es en el Águila de los Austria, de eléctrico color nubarrón; vuestro en Felipe II, cargado de grandeza, de silencio y de gota, que instaló en vuestra patria aquellas Cortes de ángeles y reye llamadas El Escorial; vuestro en la dorada decadencia donde, dialogando las armas y las letras, la poesía asumía la representación de España y hacía de cada guerrero un poeta que militaba por el Imperio perdurable.

     Vuestro es –oh dolor, españoles- en el Imperio vencido: en la ignominia de los Pirineos allanados y en victoria del monarca innombrable que se atrevió a llamarse quinto de su nombre para humillar el esplendor agónico del último Felipe español; vuestro porque lo vencisteis, después de dos siglos de adulaciones y pelucas, de desamparos y de entregas, en la lucha a muerte de la España afrancesada contra la España española.

     Vuestro en las partidas de la Independencia y en las algaradas Carlistas, las de la alegría de morir matando con una bula de dispensa, por alegres razones de caridad.

     Vuestro es en la Monarquía caída tras el pequeño “putsch” electoral de un grupo de chulos intelectualizantes; vuestro en la contienda del Occidente, claro como una espada, contra el Oriente oblicuo que otra vez agitaba sobre el cielo de España la media luna de la hoz, manejada desde los infiernos siberianos. Vuestro es, sí, para siempre su destino, camaradas de la Falange. Lo tenéis en vuestras manos fuertes, en vuestras manos jóvenes, en vuestras manos hechas para sostener destinos que parecían imposibles. Sé que vuestra misión os quema, que vuestra misión os consume, pero ¿qué misión no exige consumirse?, ¿qué misionero no aspira a quemarse y a consumirse? De vosotros no se espera nada menos que el heroísmo cotidiano; nada más se os pide que seáis héroes de cada día.”

 

     En aquellas jornadas, Anzoátegui supo ver  muy bien quién era el enemigo con el que luchaba la Hispanidad:

 

     “La Revolución Francesa ha muerto. Ya antes de morir olía a podrido: por eso algunos creen que todavía vive, porque todavía huele. (…) Dejó un viudo inconsolable –el liberalismo- de quien tuvo una cantidad de hijos: porque la Revolución Francesa tenía hijos hasta con su marido. (…)

     Mientras Europa acunaba a la anti-Inmaculada, que es la Revolución Francesa, España definía del dogma de la Inmaculada.”[1]



El caballero español como símbolo | Españoles de Cuba

[1] Los textos están extraídos de Ignacio Anzoátegui, Escritos y discursos a la Falange. Editorial Santiago Apóstol. Ediciones Nueva Hispanidad. Buenos Aires. 1999.


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