"Esta fase de la historia de la Gran Bretaña es la que se conoce con el nombre de Heptarquía, por los siete estados en que se fragmentaron los pueblos invasores (anglos, jutos y sajones), aun cuando su número sufrió frecuentes alteraciones. De ellos mencionaremos: los de Essex (con Londres), Sussex, Wessex (con Winchester), formados por sajones; Anglia del Este, Mercia, Deira, Bernicia, constituidos por anglos; Deira y Bernicia se unirán luego (547), formando el Estado de Northumbria; por último, el Estado de Kent, que era de los jutos." (JOSÉ LACARRA, "Historia de la Edad Media")
Durante este período el mundo anglosajón se incorpora plenamente a la romanidad. "La recuperación de Inglaterra, la nueva conversión de la costa oriental pagana al catolicismo, el retorno de la misa, la lectura, la escritura, la arquitectura, las crónicas, y todo el aparato de la civilización, la consiguiente apertura de las comunicaciones con el debilitado y aislado occidente cristiano de la isla fue un largo proceso de más de cien años. Comenzó con el desembarco de San Agustín en la primavera de 597. No concluyó hasta que Sussex y la isla de Wight fueron plenamente evangelizados, situación que es difícil hayan alcanzado antes del 700, y su fecha final es la de la muerte de San Wilfredo, el gran organizador, en el año 709." (HILAIRE BELLOC, "Historia de Inglaterra")
Una figura central en la cultura del mundo anglosajón de esta época fue San Beda el Venerable:
"Beda y nació en el nordeste de Inglaterra, exactamente en Northumbria, entre los años 672 y 673. Él mismo cuenta que sus parientes, a la edad de siete años, lo encomendaron al abad del cercano monasterio benedictino para que fuera educado: 'En este monasterio —recuerda— desde entonces viví siempre, dedicándome intensamente al estudio de la Sagrada Escritura y, mientras observaba la disciplina de la Regla y la tarea diaria de cantar en la capilla, para mí siempre fue dulce aprender, enseñar o escribir' (Historia ecclesiastica gentis Anglorum, v, 24).
De hecho, san Beda llegó a ser uno de los eruditos más insignes de la alta Edad Media, pues pudo acceder a los muchos manuscritos preciosos que le traían sus abades al volver de sus frecuentes viajes al continente y a Roma. La enseñanza y la fama de sus escritos le granjearon muchas amistades con las principales personalidades de su tiempo, que lo animaban a proseguir en su trabajo, del que tantos se beneficiaban. A pesar de enfermar, no dejó de trabajar, conservando siempre una alegría interior que se expresaba en la oración y en el canto." (BENEDICTO XVI, audiencia general 18 de febrero de 2009)
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