ARGENTINIDAD, HISPANIDAD Y TRADICIÓN A PARTIR DE ALGUNOS TEXTOS DEL MASÓN SARMIENTO

 En 1811 nacía en San Juan el intelectual, político y educador argentino Domingo Faustino Sarmiento. En su personalidad se va a producir el choque que caracteriza a las sociedades en su transición de un modelo “tradicional” a uno “moderno”. Su educación se dio en el marco de una ciudad y de una familia de honda tradición hispánica, en un momento de agitación “revolucionaria” –eran los tiempos de las guerras provocadas por la Revolución Francesa, de la expansión del capitalismo a partir de la Revolución Industrial, de las revoluciones en Hispanoamérica (entre ellas nuestra Revolución de Mayo)-.

    En efecto, San Juan y la familia de Sarmiento se caracterizaban por el apego a los valores éticos y religiosos propios de una sociedad hispano barroca. Los templos de las distintas Congregaciones eran lo más representativo de la arquitectura de aquella San Juan colonial de principios del siglo XIX. Los cuadros de santos adornaban la casa de los Sarmiento-Albarracín, y un tío sacerdote –de la rama familiar de los Oro- estuvo entre los primeros educadores del joven Domingo. El mismo nombre que llevaba el ilustre sanjuanino se debe a la devoción que su familia sentía por el fundador de la Orden de los Predicadores –Santo Domingo de Guzmán-, y los vínculos que tenía con dicha Orden.

    Sin embargo, Sarmiento nace en un momento en que los fundamentos de la Civilización Occidental se ven sacudidos por la Revolución. Aquí estábamos en pleno proceso revolucionario (1811). Si bien muchos entendieron nuestra justa Independencia en el contexto de los valores tradicionales, otros quisieron iniciar, a partir de dicha gesta, la ruptura con los principios culturales que nos habían dado origen en el siglo XVI.

     Sarmiento fue un exponente representativo de aquella situación. Educado en una familia y en una sociedad tradicional, terminará adhiriendo a los valores “modernos” –encarnados por las potencias europeas del momento y por los EEUU en expansión-, y a los que en un momento de su vida identificó con el Partido Unitario; repudiando a la España barroca -de cuyo tronco nuestra nación había sido un gajo-, y a quienes representaban en estas tierras los valores tradicionales, es decir al Partido Federal, conducido durante varias décadas por Juan Manuel de Rosas.

     Veamos a continuación cómo nos describe el mismo Sarmiento aquel drama que se vivió en nuestra Patria durante el siglo XIX, a partir de algunos textos tomados de su obra “Recuerdos de Provincia”.


El Hogar Parterno

     En el capítulo que lleva este nombre, el autor nos describe las características de su hogar. Más allá de lo que se puede apreciar en estas líneas -la estructura física de la casa familiar- lo más importante es indagar en el “espíritu” que animaba a aquellas edificaciones, que es, en definitiva, lo que el texto nos quiere mostrar. Señala que “la casa (estaba) dividida en dos departamentos: uno sirviendo de dormitorio a nuestros padres, y el mayor, de sala de recibo con su estrado alto y cojines, resto de las tradiciones del diván árabe que han conservado los pueblos españoles. Dos mesas de algarrobo, indestructibles, que vienen pasando de mano en mano desde los tiempos en que no había otra madera en San Juan que los algarrobos de los campos, y algunas sillas de estructura desigual, flanqueaban la sala, adornando las lisas murallas dos grandes cuadros al óleo de Santo Domingo y San Vicente Ferrer, de malísimo pincel, pero devotísimos, y heredados a causa del hábito dominico”.

      El destino de aquellos cuadros iba a reflejar la división que se produjo en el seno de los espíritus en aquellos tiempos, y sobre la que volveremos en un apartado más adelante -“El Renegado”-, pero que viene bien traer ahora a propósito de las pinturas referidas: 

    “El espíritu de innovación de mis hermanas atacó en seguida aquellos objetos sagrados (...) Aquellos dos santos, Santo Domingo, San Vicente Ferrer, afeaban la muralla. Si mi madre consintiera en que descolgasen y fuesen puestos en un dormitorio, la casita tomaba un nuevo aspecto de modernidad y de elegancia refinada, porque era bajo la seductora forma del buen gusto que se introducía en casa la impiedad iconoclasta del siglo XVIII. ¡Ah! ¡Cuántos estragos ha hecho aquel error en el seno de la América Española! Las colonias americanas habían sido establecidas en la época en que las bellas artes españolas enseñaban con orgullo a la Europa los pinceles de Murillo, Velázquez, Zurbarán, a par de las espadas del duque de Alba, del Gran Capitán y de Cortés (...) Murillo en sus primeros años hacía facturas de vírgenes y santos para exportar a la América; los pintores subalternos le enviaban vidas de santos para los conventos, la pasión de Jesucristo en galerías inmensas de cuadros (...) De estas imágenes estaban tapizadas las murallas de la habitaciones de nuestros padres, y no pocas veces, entre tanto mamarracho, el ojo ejercitado del artista podía descubrir algún lienzo  de manos del maestro. Pero la revolución venía ensañándose contra los emblemas religiosos. Ignorante y ciega en sus antipatías, había tomado entre ojos la pintura, que sabía a España, a colonia, a cosa antigua e inconciliable con las buenas ideas. Familias devotísimas escondías sus cuadros de santos, por no dar muestra de mal gusto en conservarlos (...) La lucha se trabó, pues, en casa entre mi pobre madre, que amaba a sus dos santos dominicos como a miembros de la familia (...) una mañana que el guardián de aquella fortaleza (la madre) salió a misa o a una diligencia, cuando volvió, sus ojos quedaron espantados al ver las murallas lisas...”


La Madre

     Ya que nos hemos referido a Paula Albarracín, madre de Sarmiento, veamos que otras características nos presenta el autor acerca de la educación que había recibido su progenitora, y de la cultura que animaba a aquella alma simple de nuestra región cuyana. Como en toda sociedad sanamente tradicional, era un hombre del altar quien, a través de la prédica religiosa, había inculcado los principios morales fundamentales en aquella alma. Se trataba de “don José Castro”, quien “mostró una consagración a su ministerio edificante, las virtudes de un santo ascético, las ideas de un filósofo, y la piedad de un cristiano de los más bellos tiempos (...). Sus limosnas disipaban todas sus entradas; diezmos, primicias y derechos parroquiales eran distribuidos entre las personas menesterosas. Don José Castro predicaba los seis días de la semana (sic)”. Sacerdotes de este talante no eran poco comunes en los pueblos hispánicos. 

     También se daban algunas prácticas que el espíritu racionalista de Sarmiento no puede recordar sin un manifiesto rechazo, y sin comprender la sabiduría existencial que muchas de esas prácticas criticadas encerraban. “En los pueblos españoles, más que en ningunos otros de los cristianos, han resistido a los consejos de la sana razón prácticas absurdas, cruentas y supersticiosas. Existían procesiones de santos y mojigangas que hacían sus muecas delante del Santísimo Sacramento; y penitentes aspados en Semana Santa, disciplinantes que se enrojecían los lomos con azotes despiadados”. Y a continuación elogia la actitud de don José Castro quien, sin duda por influencia de cierto espíritu ilustrado propio de la época contrario a todo barroquismo, “descargó el látigo de la censura y de la prohibición sobre estas prácticas brutales, y depuró el culto de aquellas indignidades”.

     Se refiere luego Sarmiento a la prédica de aquel santo varón, comparando sus enseñanzas morales con las del viejo Sócrates, lamenta que no haya “dejado nada escrito”, y señala que “estas lecciones de tan profunda sabiduría eran parte diminuta de aquella simiente derramada (...) y fecundada por el sentido común y por el sentimiento moral que encontró en el corazón de mi madre”. Señala, finalmente que cuando estalló la Revolución no pudo sentir sino horror ante la misma, por lo que las autoridades patriotas lo sometieron a terrible persecución, muriendo finalmente olvidado e ignorado “besando el crucifijo y el retrato de Fernando VII”.

     Este sacerdote  influyó profundamente en la educación de Paula Albarracín. “La religión de mi madre es la más genuina versión de las ideas religiosas de don José Castro”. Era el alma de doña Paula radicalmente agradecida “por los cortísimos favores que le dispensaba (...) la munificencia divina”. Sus devociones no eran muchas, pero eran las principales: “La Virgen de los Dolores es su Madre de Dios; San José, el pobre carpintero, su santo patrón; y por incidencia Santo Domingo y San Vicente Ferrer, frailes dominicos, ligados por tanto a las afecciones de la familia por el orden de los predicadores; Dios mismo ha sido en toda su angustiada vida el verdadero santo de su devoción, bajo la advocación de la Providencia. En este carácter, Dios ha entrado en todos los actos de aquella vida trabajada”.

     Esta  mujer fuerte, que sabía leer y escribir, que rezaba el Rosario, y que llevaba una vida sumamente laboriosa y entregada a su familia, es ejemplo de la educación con que eran forjadas las almas en aquella civilización cristiana; la cual, en forma casi repentina, se vio sacudida por las olas de la Revolución, cuyos efectos perniciosos desviaron de modo tan terrible la trayectoria del propio hijo que hace de biógrafo. Pero antes de entrar en este terreno, el del descarrío del hijo, detengámonos un poco en la educación recibida por el mismo durante su juventud.


La Educación

     La primera educación es la que se recibe en el hogar, y la influencia de los padres suele ser determinante en el futuro de los hijos. Sin embargo, la agitación de los tiempos que se vivían, llevaron a Sarmiento por otros senderos distintos de los que su madre deseaba para el hijo: 

     “Criábame mi madre en la persuasión de que iba a ser clérigo y cura de San Juan, a imitación de mi tío, y a mi padre le veía casacas, galones, sable y demás zarandajas. Por mi madre me alcanzaban las vocaciones coloniales; por mi padre, se me infiltraban las ideas y preocupaciones de aquella época revolucionaria”.

     Un tío sacerdote ocupó un lugar muy importante en su primera instrucción. En páginas previas a las arriba citada nos presenta al personaje:

     “Casóse doña Elena Albarracín con don Miguel de Oro, hijo, según tradición de la familia, del capitán don José de Oro, que vino a la conquista después de terminadas las guerras del Gran Capitán en Italia. Llevóle en dote bienes de fortuna y el patronato de Santo Domingo, que se conserva aún entre sus descendientes (...) Tenía don Miguel un hermano clérigo loco, está loca hoy una de sus hijas, monja, y el presbítero don José de Oro, mi maestro y mentor, tenía tales rarezas de carácter que, a veces por disculpar sus actos, se achacaba a la locura de familia las extravagancias de su juventud. Capellán del número 11 del ejército de los Andes, jinete como el primero, (...) no estorbábale la sotana para llevar el uniforme de su batallón y sable largo de la época”.

     Se refiere luego, a lo que aprendió a su lado:

     “Lígase mi infancia a la casa de los Oro por todos los vínculos que constituyen al niño miembro adoptivo de una familia (...) Don José, el presbítero, llevóme de la escuela a su lado, enseñándome el latín, acompañéle en su destierro en San Luis, y tanto nos amábamos maestro y discípulo, tantos coloquios tuvimos, él hablando y escuchándolo yo con ahínco, que, a hacer de ellos uno solo (...) Mi inteligencia se amoldó bajo la impresión de la suya, y a él debo los instintos por la vida pública, mi amor a la libertad y a la patria, y mi consagración al estudio de las cosas de mi país (...) Salí de sus manos con la razón formada a los quince años”.

     El texto superior hace referencia a la escuela por la que había pasado Sarmiento, antes de unirse a don José de Oro. Podemos observar, en los comentarios siguientes, el influjo de las ideas de la época en la educación que se daba en las escuelas establecidas por  los gobiernos de aquellos tiempos. 

     “Balbuciante aún, empezaron a familiarizarse mis ojos y mi lengua con el abecedario, tal era la prisa con que los colonos, que se sentían ciudadanos, acudían a educar a sus hijos, según se ve en los decretos de la  junta gubernativa y los otros gobiernos de la época. Lleno de este santo espíritu el gobierno de San Juan, en 1816, hizo venir de Buenos Aires unos sujetos, dignos por su instrucción y moralidad de ser maestros en Prusia, y yo pasé inmediatamente a la apertura de la escuela de la Patria, a confundirme en la masa de cuatrocientos niños de todas las edades y condiciones, que acudían presurosos a recibir la única instrucción sólida que se ha dado entre nosotros en escuelas primarias (...) El sentimiento de igualdad era desenvuelto en nuestros corazones por el tratamiento de señor que estábamos obligados a darnos unos a otros”.

     A partir de los textos extraídos se puede concluir con claridad la división que existía en los espíritus, y que marcó la evolución posterior de Sarmiento. En efecto, el sanjuanino renegará, con sus acciones posteriores -y a partir de las elecciones que haga-, del fuerte influjo materno y de los valores tradicionales, que se respiraban, con fuerza aún, en su San Juan natal.


El “Renegado”

     Indagando un poco más en el libro que estamos analizando -“Recuerdos de Provincia”- descubrimos las opciones y las posturas que toma nuestro biografiado en su vida adulta. Estas posturas lo llevan a hacer el elogio del deán cordobés Gregorio Funes, ya que desde su punto de vista, representaba, dentro del clero, una postura progresista. Siguiendo el relato sarmientino, podemos observar  a Funes envuelto en querellas intelectuales  que iban ligadas a la búsqueda de intereses personales. Esto nos lleva a reflexionar cómo en muchas ocasiones la defensa de posturas que rozan la heterodoxia va acompañada de otros intereses mucho más terrenales. Veamos el relato del sanjuanino.

     Comienza presentándonos al personaje con ciertas características que bien podrían aplicarse a él mismo: “Todos los hombres notables de aquella época son como el dios Término de los antiguos, con dos caras, una hacia el porvenir, otra hacia lo pasado”.

     Luego de dicha presentación, se refiere al prestigio de los orígenes familiares y a los estudios del biografiado.  Seguidamente nos lo muestra en plena acción por alcanzar el episcopado y el control de la Universidad de Córdoba: “Con motivo de la expulsión de los jesuitas, el Colegio y la Universidad de Córdoba, donde él mismo había adquirido los primeros rudimentos del saber, habían sido encargados provisoriamente a la orden de los frailes franciscanos (...) El clero secular de Córdoba había en tiempo atrás reclamado para sí la dirección de los estudios (...) Córdoba estaba dividida en dos partidos (...). ‘El espíritu monástico -dice un manuscrito que consulto-. el aristotelismo y las distinciones virtuales y formales de Santo Tomás y de Scott, habían invadido los tribunales, las tertulias de las señoras y hasta los talleres de los artesanos. Con pocas excepciones, los clérigos eran frailes, los jóvenes coristas y la sociedad toda un convento’ (...) El deán Funes tomó parte activa en la querella; marchó dos veces a Buenos Aires a reclamar denodadamente el cumplimiento de las cédulas reales”. Finalmente la Universidad se entregó al clero secular, “en la persona del deán Funes”, además del “rectorado del Colegio Montserrat (...) Así la Edad Media había librado la más cruda batalla para no dejarse desposeer de los espíritus (...) Las ideas regeneradoras, pues, habían tomado aquella ciudadela de las colonias (...) La educación dejó de ser teocrática.” 

     Así como la defensa que Sarmiento hace del deán Funes es una muestra de las preferencias de su espíritu, las críticas que hace a otro clérigo -Pedro Ignacio de Castro Barros- nos indica hacia qué sentía aversión. Por cierto que también lo presenta a dicho sacerdote envuelto en disputas eclesiales debidas al rechazo de Castro Barros hacia los diplomas que segregaban a Cuyo de la diócesis de Córdoba, nombrando obispo de la nueva jurisdicción al pariente de Sarmiento fray Justo Santa María de Oro. Pero el motivo principal de las crítica al sacerdote referido es que el mismo representaba “el ultramontanismo más exagerado”, y por haber impreso cuanto panfleto cayó en sus manos “contra el patronato real, en defensa de los jesuitas, de la extinta inquisición, y cuanto absurdo puede sugerir el deseo de congraciarse con la autoridad pontificia”. Se refiere a continuación a dichos escritos: Triario literario o tres sabios dictámenes sobre los poderes del sacerdocio y del Imperio, y el Restablecimiento de la Compañía de Jesús en Nueva Granada. A continuación, Sarmiento cita, en forma crítica, las notas que hace Castro Barros a este último escrito. Es interesante leer qué es lo que le molesta del clérigo al sanjuanino: “Los Papas, Inquisición, Compañía de Jesús, y todos los institutos religiosos, han sido siempre impugnados y zaheridos por los herejes, impíos y demás enemigos de la religión católica”, “Nada de esto agrada a los filósofos del día, porque dicen que no hay Dios, cielo e infierno ¡Ah, bestias!”

     Cuando indagamos en la vida posterior de Sarmiento, en su entrada en la Masonería, en sus posturas intelectuales observamos la afirmación progresiva de los principios que se insinúan en estos recuerdos aldeanos y alejamiento definitivo de aquellas verdades aprendidas en el hogar.

     

Una rápida mirada al “Facundo”

     Si bien el presente artículo se limita a mostrar algunos aspectos de la visión que tenía de nuestro país Domingo Faustino Sarmiento no quisiera cerrar sin una breve referencia al “Facundo”. Allí Sarmiento también contraponía el cosmos tradicional con el mundo moderno.  El primero aparece representado por la colonial Córdoba y el Partido Federal, y  el segundo por la Buenos Aires “abierta al mundo” dominada por el unitario Rivadavia. Por supuesto que se trata de artilugios literarios y de  estereotipos que le sirven a Sarmiento para comunicar sus ideas, porque ni Buenos Aires era en aquellos tiempos una ciudad tan alejada de la Cristiandad hispana –recordemos la heroica resistencia a los “herejes ingleses”, de 1806 y 1807-, ni Córdoba estaba libre de los influjos del pensamiento ilustrado –ya hemos visto el elogio que hizo Sarmiento del cordobés Gregorio Funes-. Sin embargo, la clasificación que hace le sirve a él para comunicar la defensa de un mundo de valores opuesto a otro. Y a nosotros, para entender cuál era su mentalidad. 

. “Córdoba era, no diré la más coqueta de la América, porque se ofendería de ello su gravedad española, pero sí una de las ciudades más bonitas del continente (...) En la plaza principal está la magnífica catedral de orden romano con su enorme cúpula recortada en arabescos (...) A una cuadra está el templo y convento de la Compañía de Jesús (...) Si queréis, pues,  conocer monumentos de la Edad Media (...) id a Córdoba (...)

   En cada cuadra de la sucinta ciudad hay un soberbio convento, un monasterio, o una casa de beatas o de ejercicios. Cada familia tenía entonces un clérigo, un fraile, una monja o una corista (...)

   Andando un poco en la visita que hacemos, se encuentra la célebre Universidad de Córdoba (...) que ha provista durante dos siglos de teólogos y doctores a una gran parte de la América”.

     Para referirse a Buenos Aires nos presenta el siguiente estereotipo:

     “Buenos Aires es una ciudad entera de revolucionarios (…) El contacto con los europeos de todas las naciones es mayor aún desde los principios, que en ninguna parte del continente hispano americano: la desespañolización y la europeización se efectúan en diez años de un modo radical (…) El año 1820 se empieza a organizar la sociedad según las ideas de que está impregnada (…) Rivadavia viene de Europa, se trae la Europa”.


Post Scriptum: El final de Sarmiento

     Refiriéndose el célebre historiador Padre Cayetano Bruno a las contradicciones que caracterizaron a la vida del “prócer”, nos señala que éstas estuvieron presentes hasta en el momento de su muerte. En su obra “Creo en la Vida Eterna” incluye la respuesta que el Padre Antonio Scarella dio al director del diario “El Pueblo” acerca del final del sanjuanino. Requerido para dar los últimos auxilios espirituales, el sacerdote llegó al lugar “acaso más pronto de lo que se me esperaba…, pues me hicieron hacer antesala como unos veinte minutos, al cabo de los cuales se abrió la puerta intermedia, y apareció el (…) médico gritando: ¡Eh!, ¡ya ha muerto el enfermo!

   -‘¡Caramba! –dije yo-; hacerme esperar tanto tiempo y salirme ahora con que ha muerto el enfermo. Es evidente que han querido dificultar mi acción (…)’

     Y viendo que no se me franqueaba la entrada para pasar más adelante, me despedí y me vine como había ido, con la convicción de que había sido el mismo Sarmiento quien me mandó buscar, o por cuando menos algunos de sus allegados íntimos”.

















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