JUAN MANUEL DE ROSAS Y LAS INVASIONES INGLESAS

Cuando Juan Manuel estaba por entrar en la adolescencia, Buenos Aires se vio invadida por los ingleses, hecho producido en el contexto de las guerras napoleónicas. Esta situación le permitirá a nuestro pequeño protagonista hacer sus primeras armas en defensa de la Patria en medio de una gesta vivida con el espíritu de Cruzada propio de la Hispanidad[1].

     Cuando Liniers desembarca en Las Conchas procedente de Montevideo, donde había ido a buscar auxilios del Gobernador Pascual Ruiz Huidobro, la sudestada propia del invierno rioplatense lo obligó a acampar en San Isidro. Allí acudieron a incorporarse centenares de voluntarios. “Entre los muchachos más chicos que se presentaron a Liniers y se alistaron en su ejército, iba, con varios de sus camaradas, el niño de trece años Juan Manuel Ortiz de Rosas. Liniers[2], que era muy amigo de don León y de doña Agustina, le destinó a servir un cañón, con la misión de conducir cartuchos”[3].   

     En 1807 se hacían presentes nuevamente los ingleses en Buenos Aires. “Tan pronto comenzaron los trabajos de organización de varios cuerpos para enfrentar una segunda y esperada tentativa, corrió a enrolarse como soldado voluntario en el 4° Escuadrón del Regimiento de Caballería Migueletes a las órdenes del Capitán Alejo Castex, batiéndose bizarramente en las cruentas acciones de los días 5 y 6 de julio de 1807, siendo su comportamiento premiado con el grado de Alférez sobre el propio campo de la victoria, mientras el Héroe de la Reconquista, don Santiago de Liniers y Bremont..., don Martín de Álzaga, Alcalde de primer voto y don Pedro Miguens ratificaban en cartas a don León, el arrojo de Juan Manuel y su merecida promoción. El joven oficial tenía catorce años”[4]. “Juan Manuel, que entraba en la pubertad y que acababa de recibir, manejando un cañón, el bautismo de fuego y de sangre..., sentó plaza de soldado en el cuarto escuadrón de caballería, llamado de los ‘Migueletes’...Vistióse ufano, con el uniforme punzó de ese cuerpo -color que sería siempre de sus predilecciones-, y combatió con denuedo en la segunda invasión de los británicos”[5].

     Antonio Caponnetto dedicó unos versos a exaltar estos primeros rasgos heroicos del futuro Restaurador:

“Aquella patria antigua de ibérica prestancia

con su roldana de agua o su barril de mosto,

con el fuego en las calles, aquel doce de agosto,

probó que conservaba su evangélica infancia.

 

Era la patria henchida de imperial gravidez,

los hijos bien nacidos de la flecha y el yugo,

el fruto de Castilla, su lagar, su mendrugo,

retoños de heroísmo florecido en niñez.

 

Pequeños se veían prestando algún servicio,

tal vez como artilleros, con los bravos Miñones,

acarreando en sus ponchos las balas de los cañones,

dispuestos como adultos al final sacrificio.

 

Cartuchos de fusiles o piezas de metralla,

tinajas para el agua, para la sangre vendas.

Todo lo tributaron en alegres ofrendas,

sus voces y sus risas fueron casco y muralla.

 

En las tropas menudas como espuelas de fletes

se destaca un chiquillo de acciones valerosas.

Lo llaman por su nombre, es Juan Manuel de Rosas,

carga un viejo mortero para los Migueletes.

 

En el hogar paterno vio las primeras lanzas,

tercerolas y sables le suenan familiares,

hay épicas memorias que recorren sus lares

de antepasadas huellas o bravías andanzas.

 

Ahora pesa este hierro para sus trece años,

esta  boca de fuego, maciza portañola.

Ahora estrena su raza criolla y española

que no admite invasores ni extranjeros engaños.

 

Tiene porte de mando, siendo apenas muchacho,

en su mirada rubia hay azules añejos,

oye como repiques que le llegan de lejos,

de San Miguel del Monte, Tonelero o Quebracho.

 

Liniers  cantó el elogio de su conducta recia,

diciéndole a sus padres, con fundado prestigio:

su bravura fue digna de la causa en litigio:

(Nadie dirá lo mismo sobre Ernesto Celesía)

 

Cuentan que usó ese día chaleco colorado,

que inauguró divisa: soberanía o muerte.

Una cosa es segura, les advirtió su suerte.

 Mañana tendrá lista la Vuelta de Obligado.”[6] 

     Mientras Liniers, Saavedra, Martín Rodríguez, Pueyrredón, el joven Juan Manuel, y tantas mujeres, esclavos e incluso indios se jugaban el pellejo por la comarca, uno de los “próceres” exaltados por la historiografía liberal, Mariano Moreno, lloraba amargamente la invasión. Hugo Wast, que ha dedicado una enjundiosa obra a desmontar el mito creado por el liberalismo en torno a los hechos de Mayo, se refiere al joven abogado con justa dureza:

     “Tenía 27 años en 1806, cuando Buenos Aires, la ciudad en que vivía, fue invadida por una expedición inglesa.

     El suceso le produjo tanta impresión que él mismo en sus Memorias relata lo siguiente:

    ‘Yo he visto en la plaza llorar muchos hombres por la infamia con que se les entregaba; y yo mismo he llorado más que otro alguno cuando a las tres de la tarde del 27 de junio de 1806 vi entrar 1560 hombres ingleses, que apoderados de mi patria se alojaron en el fuerte y demás cuarteles de la ciudad’.

     Hay en la historia otras lágrimas, las de Boabdil el Chico, último rey de Granada, que al alejarse de sus muros, conquistados por Fernando el Católico, se deshizo en amargo llanto.

     Su madre, la bravía Aixa la Horrada, al verlo llorar lo azotó con estas palabras justicieras e inmortales: ‘Llora como mujer, lo que no supiste defender como hombre’.”[7]

     En su obra “Avivando brasas”, Federico Ibarguren dedica un capítulo a analizar la relación de Rosas con la tradición hispanoamericana[8]. El comentario del mismo nos servirá como cierre de este artículo. En efecto, allí se demuestra que “Rosas y la República Argentina, son dos entidades que se suponen mutuamente”[9]. Afirma el autor que la aparición del “Héroe o del Santo ha coincidido siempre en las sociedades, con el nacimiento de un fuerte ideal o de una fe”[10]. Rosas encarna, para Ibarguren, la esencia de la Argentinidad en un momento importantísimo de su historia[11]. Allí aparece la ciudad hispano colonial como avanzada de la civilización cristiana en medio de la pampa; aparece el gaucho como continuador de lo que había sido el conquistador español, la relación del mismo con el caballo, la frontera con el indio, Buenos Aires como trinchera de la Hispanidad en el sur; la creación del Virreinato del Río de la Plata en torno a Buenos Aires; y aparece Rosas, sus ancestros y los servicios por ellos brindados, y su desempeño durante las Invasiones Inglesas. Todo esto sirve de gran introducción a algunas líneas sobre los gobiernos del Restaurador. Al reflexionar sobre lo que nos está sugiriendo el autor, llegamos a la conclusión que para entender a  este héroe de las pampas no es necesario indagar exhaustivamente en cada acción de gobierno, que tiene su importancia, obviamente; pero, creemos, siguiendo lo que nos muestra Ibarguren, que lo fundamental es entender los que representó Juan Manuel: la encarnación de la Buenos Aires tradicional -hispana y católica-, heredera de las acciones heroicas de conquistadores y de gobernantes y estancieros bravos que salvaron con su presencia y con su acción la civilización en estas tierras sureras; Buenos Aires, por tanto, ‘imperial’, avanzada de un gran imperio cristiano; Buenos Aires , capital de un gran conglomerado geopolítico, el virreinato del Río de la Plata, del que la Confederación Argentina fue heredero directo.

 

Invasiones inglesas - ¿Qué fueron?, causas y consecuencias

[1] El padre Cayetano Bruno nos cuenta el espíritu que animó a don Santiago de Liniers cuando se decide por la Reconquista: “(...) el 1° de julio, Liniers toma una decisión irrevocable. Irá a Montevideo a concertar con el gobernador de aquella plaza, general Ruiz Huidobro, la reconquista de Buenos Aires. Y esta decisión la toma en la iglesia de Santo Domingo, mientras asiste a Misa, a los pies de Nuestra Señora del Rosario, a quien hace voto solemne de entregarle los trofeos de la victoria que ha de lograr (...) Las circunstancias del voto de Liniers se hallan consignadas, con fecha 25 de agosto de 1806, en el Libro de Actas de la Cofradía  del Santísimo Rosario que tiene asiento en la iglesia de Santo Domingo.

   Había decaído el culto religioso en el histórico templo por la prohibición de exponer el Santísimo durante las funciones de la Cofradía y efectuar por las calles la procesión acostumbrada (...) Los soldados protestantes habían provocado disturbios y grescas enfadosas que era bien prevenir.”(Bruno, Cayetano. La Virgen Generala. Ediciones Didascalia. Rosario. 1994, pp. 140-141).

     El espíritu de Cristiandad que animaba a la Buenos Aires colonial, y que tan fuertemente se hizo sentir en aquellas horas, es perfectamente descripto en los siguientes párrafos:

     “No es necesario ir al templo para tener contacto con la vida religiosa colectiva: se la encuentra en cada esquina, en cada plaza, en cada casa, en todo edificio público (...) esa convivencias de espacios religiosos superpuestos, el boato barroco con que se celebran las fiestas mayores, a fines de la época colonial despierta entusiasmos pero también censuras. La Ilustración propone en este terreno la eliminación de las ostentaciones barrocas y la simplificación de la vida devocional. Promueve la sustitución de ese estilo estridente que ama las procesiones coloridas, las danzas en los templos, las predicaciones teatralizadas y otras espectaculares exteriorizaciones (...) la monarquía española mira con bastante simpatía esa crítica ilustrada, entre otras cosas porque es funcional a sus tendencias centralizadoras absolutistas: la multitud de instituciones y corporaciones que obstaculizan la centralización del poder político y religioso. ” (Di Stéfano, R. La invasión hereje, en Todo es Historia N°468)

     Era tan evidente el espíritu de Cruzada que se respiraba en aquellos días, que algunos soldados católicos que venían en las filas inglesas se pasaron a las fuerzas porteñas. He aquí el ejemplo de Miguel Skennon:

     “Instruido Beresford por sus espías de los progresos que hacía la reunión de Perdriel (grupo que conspiraba contra el poder inglés establecido en Buenos Aires), organizó una columna de 500 hombres del 71 de escoceses (...)

   A su vista, los de Perdriel enarbolaban la divisa blanca y encarnada de los conjurados de Buenos Aires, y a los gritos de ‘¡Santiago! ¡Cierra España! ¡Mueran los herejes!’ rompieron el fuego de artillería a las siete de la mañana (...)

   Beresford hizo avanzar la infantería, dejando su artillería a retaguardia. Al llegar a la tapia, encontró los cañones de los de Perdriel desamparados, manteniéndose firme al pie de uno de ellos un solo hombre. Era éste un cabo irlandés, desertor de las tropas inglesas, llamado Miguel Skennon, que combatía por su fe católica y contra los herejes ingleses ¡al lado de los argentinos! (...)

   El general inglés (...) llevando por trofeos de su victoria dos cañones pequeños (...) y siete prisioneros, entre ellos el desertor Skennon (...) Skennon fue fusilado, previo consejo de guerra, el 9 de agosto, administrándole la Eucaristía el obispo de Buenos Aires, mientras las tropas vencedoras presentaban las armas y batían marcha en honor del prelado de la Iglesia Católica”. (El hecho es narrado por Mitre en su Historia de Belgrano y de la Independencia argentina).

[2] Rosas siempre sintió una gran admiración por Santiago de Liniers: “Sesenta y cinco años después...Rosas, viejo y desterrado, se vanagloriaba al recordarlo...el anciano anotaba en sus apuntes: ‘¡Liniers! ilustre, noble, virtuoso, a quien yo tanto he querido y he de querer por toda la eternidad sin olvidarlo jamás’...” (Ibarguren, C.., pp. 22-23). Un caballero como Rosas sabía, obviamente apreciar a otro caballero. En efecto, Santiago de Liniers y Bremond fue todo un hombre del Antiguo Régimen. Así lo definió Ezequiel Ortega en su obra: Santiago de Liniers. Un hombre del Antiguo Régimen. Don Santiago no fue un hombre preocupado por proclamar derechos y reclamar libertades e igualdades. Por el contrario, su educación se fundó en el Honor, el cumplimiento del Deber, el Servicio y la Fidelidad a Dios, al Rey y a su Patria adoptiva.

     Perteneciente a la nobleza de provincia francesa, recibió una educación caballeresca. Ingresado en la Orden de Malta en 1765, terminó dedicado a la náutica. Pasó al Servicio de Su Majestad Católica, el Rey de España, ya que en ese momento las Casas reales de Francia y de España se hallaban unidas por los llamados “Pactos de Familia”. Mantuvo  su fidelidad al Rey al que eligió servir hasta el final de su vida.  Este servicio lo llevó a embarcarse en 1776 en la flota de don Pedro de Cevallos, primer Virrey del Río de la Plata. Vuelto a España, se estableció definitivamente en el Río de la Plata en el año 1789, convirtiéndose estos Reinos en su Patria definitiva. Aquí fue donde prestó  sus más destacados servicios. 

     Habiendo enviudado se ligó a una familia tradicional de Buenos Aires a través del Matrimonio con María Martina de Sarratea, de quien también enviudaría poco después. Fue padre de una prole numerosa. Gobernador de las antiguas Misiones entre 1803 y 1804, como  Capitán de Navío aprendió a conocer los secretos del Río de la Plata. En 1806 el Virrey Sobremonte lo destinó al puerto de la Ensenada de Barragán, para fortificar la zona ante un eventual ataque. Éste se produjo a los pocos días. Los ingleses desembarcaron por Quilmes, y a los pocos días el pabellón británico flameaba en el fuerte de Buenos Aires. Este hecho le brindó  la ocasión para demostrar su lealtad y su fidelidad.

[3] Ibarguren, C. Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo. Ediciones Theoría. Buenos Aires. 1992, p. 22.

[4] Rivanera Carlés, R.  Rosas. Ensayo biográfico y crítico del Brigadier General de la Confederación Argentina y fundador del Federalismo. Serie Historia Argentina. Liding. S. A. Buenos Aires. 1979, p. 31.

[5] Ibarguren, p. 23.

[6] Caponnetto, Antonio. Poemas para la Reconquista. Editorial Santiago Apóstol. Buenos Aires. 2006, pp. 29-30.

[7] Hugo Wast. Año X. Ediciones Theoría. Buenos Aires. 1995, pp. 19-20.

[8] Ibarguren, Federico. Avivando brasas. Ediciones Theoría. Buenos Aires. 1957, pp. 107-136.

[9] Ibídem, p. 109.

[10] Ibídem, p. 108.

[11] En esto coincide con lo que señala Jordán Bruno Genta en su obra: La Masonería en la historia argentina. Nuevas comprobaciones: “Tan sólo la intervención decisiva de un gran guerrero y de un legítimo César, pudo salvar la Revolución de Mayo en su significado y en su alcance originales: la continuidad histórica de la nación dentro del poder político del nuevo Estado, naturalmente centralizado en Buenos Aires. Tal fue la obra de San Martín y de Rosas”. Editorial Rex. Buenos Aires. 1951, p. 16.


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