JUAN FISHER, PROTAGONISTA DE UN TIEMPO TURBULENTO

Juan Fisher (en latín Ioannes Fisher, en inglés John Fisher) fue un obispo, teólogo y mártir inglés del siglo XVI, una figura clave de la resistencia católica frente a la Reforma en Inglaterra.

-Nacimiento :1469, en Inglaterra
-Muerte: 1535, ejecutado en Londres
-Cargo principal: Obispo de Rochester y canciller de la Universidad de Cambridge
-Canonizado: 1935 por el papa Pío XI

Intelectual y pastor
Juan Fisher fue uno de los grandes humanistas cristianos de su tiempo:
Excelente teólogo y predicador.
Protector y promotor del estudio en Cambridge.
Amigo y colega de Erasmo de Rotterdam, aunque mucho más firme que él en cuestiones doctrinales.
Defensor de la doctrina católica tradicional, especialmente:
-La autoridad del Papa
-Los sacramentos
-La indisolubilidad del matrimonio

Conflicto con Enrique VIII:
El rey Enrique VIII quiso anular su matrimonio con Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena. Al no conseguir la aprobación del Papa, rompió con Roma y se proclamó Cabeza de la Iglesia de Inglaterra.
Juan Fisher:
Se opuso públicamente al divorcio del rey.
Se negó a jurar el Acta de Supremacía (que hacía del rey jefe de la Iglesia).
Fue encarcelado en la Torre de Londres.

Martirio:
En 1535 el Papa lo nombró cardenal, pero Enrique VIII lo tomó como una provocación.
Poco después, Fisher fue decapitado.
Murió con gran serenidad, como testigo de la fidelidad a la Iglesia de Roma.

Dejamos una homilía suya sobre la naturaleza de la Iglesia:

"... a nosotros, que, cuando éramos gentiles, nos sentíamos arrebatados hacia los ídolos mudos, siguiendo el ímpetu que nos venía, Dios nos arrancó del olivo silvestre de la gentilidad, al que pertenecíamos por naturaleza, nos injertó en el verdadero olivo del pueblo judío, desgajando para ello algunas de sus ramas naturales, y nos hizo partícipes de la raíz de su gracia y de la rica sustancia del olivo. Finalmente, no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros como oblación y victima de suave olor, para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado.
   Todo ello, más que argumentos, son signos evidentes del inmenso amor y bondad de Dios para con nosotros; y, sin embargo, nosotros, sumamente ingratos, más aún, traspasando todos los límites de la ingratitud, no tenemos en cuenta su amor ni reconocemos la magnitud de sus beneficios, sino que menospreciamos y tenemos casi en nada al autor y dador de tan grandes bienes; ni tan siquiera la extraordinaria misericordia de que usa continuamente con los pecadores nos mueve a ordenar nuestra vida y conducta conforme a sus mandamientos.
   Ciertamente, es digno todo ello de que sea escrito para las generaciones futuras, para memoria perpetua, a fin de que todos los que en el futuro han de llamarse cristianos reconozcan la inmensa benignidad de Dios para con nosotros y no dejen nunca de cantar sus alabanzas."

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