LA "FIESTA" EN TIEMPOS DE LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA

La Liturgia era el centro de la vida del hombre tradicional y marcaba todas sus actividades[1]. Por medio de la Fiesta aquellos hombres hacían presente en sus vidas los misterios celebrados, aprendían lecciones de arquetipos presentados como modelos, y se integraban a la vida de la ciudad, a sus orígenes y a sus fundadores, brindando, este tipo de celebraciones, pertenencia e identidad. Por otra parte, todos los rituales contenían una gran profusión de símbolos por medio de los cuales se accedía a lo Superior. Dichos símbolos podían ser imágenes -poseer por tanto visibilidad-, o ser palabras -ya sean orales o escritas-. Estas formas cultuales estaban muy vivas en la Buenos Aires teñida del rojo federal. La fiesta ocupaba un lugar central en aquella sociedad, y el gobierno trataba de resguardarla[2]. Antonio Caponnetto hace referencia al decreto del 15 de noviembre de 1831, por el cual “el Gobierno considera un atentado a la moralidad pública tener abiertos los comercios los días domingos o fiesta de guardar. Porque de ese modo se estaría violando uno de los preceptos eclesiales básicos, e impidiendo a los ciudadanos el justificado derecho a las festividades sacrales (...) Bien ha filosofado Josef Pieper sobre el valor de la fiesta en la consolidación cristiana de las sociedades; y recíprocamente, cómo éstas se depravan a la par que sus fastos pierden tono sobrenatural y son sustituidos por jornadas comerciales”[3]Efectivamente, la fiesta introduce al hombre y a la sociedad en el trato con las realidades mistéricas, conforme a su naturaleza más profunda, y lo encamina hacia la plenitud de su vocación, que es la contemplación: “Como dice Virgilio en el poema universal de Dante: ‘por medio de mil caminos se busca ese dulce fruto (la felicidad)’. Pero encontrar ese fruto, la satisfacción definitiva de la naturaleza humana, el apagamiento final de su profunda sed, tiene lugar en la contemplación”[4].

     El clima de aquella Buenos Aires pintada de rojo[5] era conforme a esta descripción de las sociedades tradicionales que venimos haciendo. La Semana Santa se celebraba con gran esplendor. Un calvinista francés, enemigo de la Fe Católica y de la Cristiandad, que no oculta su profundo fastidio por la manifestación pública de la Fe en la Buenos Aires rosista, nos describe cómo se vivían aquellas celebraciones[6].  Al analizar su descripción no nos debemos dejar impresionar por la calificación negativa que hace, sabiendo como ya quedó dicho que son críticas que parten de un adversario. Comienza su relato, como no podía ser de otro modo, criticando a la España evangelizadora:

     “En esta tierra conquistada...se ha visto a los hombres abusar de todo: de las cosas sagradas como de las profanas, de las instituciones políticas como de las creencias religiosas. Así como lo habían hecho en España.”

     O sea que lo que mayor rechazo le produce a este hereje es la defensa de la Fe Verdadera por parte de la autoridad pública, esto es el régimen de Cristiandad, al que denomina como “despotismo religioso”, quejándose de que los “diversos gobiernos que se han sucedido en los países bañados del Plata (...) han conservado el culto católico con toda su exterioridad y todo su aparato”[7]Critica también las formas barrocas de expresión religiosa[8]:

     “No se instruye al pueblo (...) se impresiona su vista con numerosas imágenes reproducidas en procesiones (...) Para volver más misteriosas estas ceremonias, es por la noche, a la luz de las antorchas cuando aparecen todas las cofradías cuyas vestimentas son sumamente extrañas y a menudo de lo más grotescas (sic)[9]. Es sobre todo durante la cuaresma, tiempo en que la Iglesia prescribe el ayuno y la abstinencia, cuando estas procesiones pasean sus vírgenes y santos.

     Bajo el gobierno de Rosas toda procesión en Buenos Aires, de cualquier barrio que fuese, debía pasar bajo la ventana del dictador, quien por cierto reiría lindamente para su coleto, viendo su retrato de cuerpo entero paseado e incensado como el santo más venerado de los creyentes (...)

     Es principalmente durante la semana santa cuando las procesiones se repiten y salen de todas las iglesias y conventos. Se diría que la ciudad se multiplica: en todas las esquinas aparece una procesión (...)

     En esta América dictatorial, la corrupción de costumbres y de usos ha rodeado de nubes obscuras la simplicidad de un culto del corazón y lo ha convertido en una fiesta completamente pagana con supersticiones católicas.”

     Queda evidenciada la perspectiva protestante y liberal del testigo de aquellos acontecimientos: rechazo a la expresión pública de la Fe, a la realidad encarnada del catolicismo -que se expresa por medio de imágenes, procesiones, etc.-, y a la presencia de la autoridad política confirmando y salvaguardando aquel culto. Vuelve una y otra vez sobre este tema:

   “(...) la procesión de las iglesias comienza: Aquí viene el mundo oficial y diplomático: primero el jefe del gobierno, luego los representantes y todos los funcionarios públicos, en traje negro, calzón corto, media de seda, zapatos de hebilla, bastón de mando en mano. Llegan en dos hileras, graves, contando los pasos, entran en la parte de la iglesia que les está reservada. Se arrodillan con un aire majestuoso y severo, se diría que rezan (...) Parten en el mismo orden para ir a la iglesia vecina y repetir allí la ceremonia”.

     A pesar de que pareciera que todo es pura exterioridad sin asidero en el interior de las almas, el relator no puede dejar de poner de manifiesto hechos que manifiestan el espíritu de penitencia y de conversión que muchos de los pobladores vivían durante esos días:

     “De tanto en tanto, las calles están guarnecidas con altares ambulantes y con grandes imágenes de terracota que representan escenas de la Pasión del Redentor de los hombres. La velas arden sobre los altares y alrededor de las imágenes, delante de los cuales algunos raros transeúntes se arrodillan y depositan una ligera ofrenda (...)

     Pero es menester que os describa uno de esos altares callejeros: un Cristo de tamaño natural está sentado en el fondo, la cabeza coronada de espinas; la sangre corre sobre sus mejillas. Viste una túnica de terciopelo rojo y un manto violeta retenido por un largo cordel. Sus pies están desnudos, apoya la mano izquierda sobre su corazón mientras extiende la derecha como un sacerdote que bendice a los fieles. A los pies del Cristo hay un hombre de rodillas, descubierta la cabeza. Sus cabellos son cortos y parejos por delante y una coleta le pende por detrás. Una capa con esclavina cae sobre una especie de traje negro; una corbata del mismo color deja pasar el alto cuello montado de una camisa de chorrera, recubierta por el chaleco rojo de la Federación. El atuendo de nuestro adorador se completa con calzón corto y ligeros zapatos con grandes hebillas cuadradas. Su diestra está cerrada y puesta a cierta distancia del cuerpo (...); su izquierda, posada encima del corazón. Este personaje, que reclina un poco la cabeza, parece en recogimiento y éxtasis (...)[10]

     Los penitentes son más numerosos durante la mañana del viernes[11]: unos se golpean el pecho, otros se flagelan a sí mismos y otros arrastran una pesada piedra atada al cuello o a la cintura. Se ve a menudo a damas con sus mejores galas marchando descalzas.” 

       Finalmente, el crítico se refiere a la costumbre de quemar efigies de Judas vestidos con los colores unitarios, con lo que al horror de la reminiscencia inquisitorial se une el uso político de la religión, identificando a los enemigos del Restaurador con los enemigos de la Fe. Lo que olvida el autor es que el unitarismo era el partido que había propuesto reformas religiosas que h habían sido duramente cuestionadas por el pueblo fiel y sus caudillos.

     Otro tema que los enemigos de la Cristiandad señalan con espanto son las “Misas rojas federales”, y que en el altar se colocara el retrato del Restaurador, incurriéndose en terrible pecado de idolatría[12]. A esto ha contestado Alberto Ezcurra Medrano en su artículo “Sobre Rosas en los altares”[13]:

     “(...) era un lugar común la afirmación de que en la época de Rosas, el retrato del Restaurador había sido colocado en los altares. Después de un detenido estudio del asunto (...) llegaba a la conclusión de que ‘el retrato de Rosas  no se colocaba en el altar, sino, por lo general, en un asiento, en el presbiterio, cerca del altar, del lado del Evangelio (...)

    Se deseaba contar con la presencia de Rosas y en cada una de las ceremonias, se le representaba con el retrato. Luego esto se hizo costumbre y así se explica que haya ocurrido hasta en la misma casa de Rosas (...)

     El privilegio de ocupar un lugar prominente en el presbiterio o sea en las proximidades del altar, había sido concedido a las autoridades seglares por la Iglesia, y en especial a los reyes de España. Que se haya colocado en su lugar un retrato, cualquiera sean los motivos de ello, podrá parecer inconveniente, de mal gusto, pero no encuadra dentro de la idolatría ni de la profanación, porque dicho retrato no estaba allí para recibir culto, sino más bien para tributarlo a Dios, custodiando su altar.”


 Venerable Madre María Antonia de San José



[1] Rubén Calderón Bouchet nos describe el ritmo de la vida en las aldeas rurales de la Europa medieval. Realidad que fue trasplantada por la España colonizadora y evangelizadora en el nuevo mundo: “La vida rural estaba regulada por dos factores: uno cósmico y otro espiritual. La Iglesia trató de que sus fiestas fundamentales coincidiesen en general con el ciclo de las estaciones en su relación con las faenas agrarias. La campana de la parroquia o el convento daba a la existencia campesina un ritmo cronológico preciso. Poco antes del alba sonaban a maitines y la jornada se cerraba al toque del ángelus. Oración matinal y plegaria vespertina daban al trabajo su revestimiento sacro. Los días de fiesta eran muchos y, en general, la Iglesia los había hecho coincidir con las antiguas fiestas agrarias. Los labriegos asistían a las misas dominicales y participaban activamente en las diversas festividades religiosas. Las procesiones, los autos sacramentales en los atrios, los sermones, el catecismo, las homilías y las visitas domiciliarias de los sacerdotes eran ocasiones para la educación del espíritu y la formación moral en los principios de la fe.” (Calderón Bouchet, Rubén. Apogeo de la Ciudad cristiana. Dictio. Buenos Aires. 1978, p. 238)

[2] La tradición argentina hunde sus raíces en el acervo cultural de Occidente. Del mundo clásico recibimos la herencia de Sabiduría de los griegos; el sentido de Justicia, expresado a través del Derecho, de los romanos; también de Roma recibimos la lengua, ya que el español es una lengua romance, derivada del Latín. Esta rica cultura fue fecundada en la Edad Media por el Cristianismo. Fueron los monjes y los teólogos medievales quienes profundizaron en aquel rico manantial cultural del mundo clásico, y a partir de él –y de la Revelación recibida a través de Jesucristo en la Iglesia- se sumergieron en la contemplación del Ser, colocándose en una actitud reverente ante la sacralidad de lo real, que refleja los atributos del Creador. De este modo penetraron en la analogía del Ser, remontándose desde el mundo material inanimado, pasando por el mundo vegetal, animal, racional (el hombre), hasta Aquél que es el Ser necesario, Ser en Acto, Ser cuya esencia es Ser.

     Las riquezas profundísimas de esta cultura fueron recibidas, profundizadas, y reelaboradas por la intelectualidad española de los siglos XVI y XVII –ya en plena Edad Moderna-, y comunicadas a América. Justo cuando la cultura del resto de Europa rompía con su tradición, y se volcaba hacia valores no orientados al desarrollo espiritual –cognitivo y volitivo- del hombre, sino hacia un saber útil que le dé un dominio material del mundo.

[3] Caponnetto, A. Notas sobre Juan Manuel de Rosas. Katejon. Buenos Aires. 201319 -20.

[4] Pieper, Josef. Felicidad y contemplación. Librería Córdoba. Buenos Aires. 2012, p. 17.

[5] Manuel Gálvez escribió una novela con un título muy sugestivo que hace referencia a una especie de “liturgia social”: La ciudad pintada de rojo.

[6] Moure, Amédée. Montevideo y Buenos Aires a mediados del siglo XIX. Editorial Perrot. Colección Nuevo Mundo. Buenos Aires. 1957, pp. 45-59.

[7] Habría que aclarar que el unitarismo rivadaviana quiso realizar reformar conforme al nuevo espíritu liberal del siglo, lo que trajo como consecuencia la reacción federal, encarnada durante dos décadas en la figura del Restaurador.

[8] La cultura hispana se caracterizó por algunos rasgos muy particulares que hoy día nos cuesta mucho comprender. En primer lugar, si bien es cierto que en algún momento entre algunos de los conquistadores y colonizadores existió la “sed del oro”, también es verdad que aquella civilización está muy lejos del estilo de vida actual fundado en el interés propio. Mientras la actual civilización capitalista tiene sus raíces en la búsqueda de la ganancia  personal y la libre competencia, la hispanidad tuvo como valores esenciales el honor y el servicio. Su Arquetipo era el mismo Dios, quien de su sobreabundancia derrama bienes sobre bienes. Más allá de los pecados que se puedan imputar a los hombres de aquella civilización, lo cierto es que los valores fundamentales de la misma se asentaban no en el provecho particular sino en la dádiva. Fue una civilización del derroche y de la “limosna”: no sólo a los pobres, con el fin de cubrir sus necesidades, sino que también se daba de lo propio para la fundación de iglesias, de universidades, conventos, hospitales, obras de caridad, etcétera. Por otra parte, la expresión arquitectónica de aquellas iglesias, universidades y edificios públicos se caracterizaba por la magnificencia, el esplendor, y el derroche de adornos, esculturas y  pinturas, incorporados a la obra.

     Como el Supremo Dador es el mismo Dios, quien ha llevado el Don de Sí hasta el Sacrificio de la Cruz, la devoción Eucarística y el culto ligado a la misma tuvo un gran esplendor, manifestado en distintas formas privadas y públicas de adoración, de procesiones, de celebraciones esplendorosas de la Semana Santa o del Corpus.

[9] Cada ciudad era considerada, en el mundo hispano, una Res pública (del latín, res –cosa-, pública –de todos-). Estaba constituida en torno a una plaza, frente a la que se edificaban la Iglesia y el Cabildo –institución encargada del gobierno de la ciudad, cuyos miembros eran elegidos entre los vecinos, aunque para el período estudiado habían dejado de ejercer la función de institución municipal, propia del período colonial.

     Aparte de la familia -primer grupo social formado por el hombre y con el que éste se encuentra al asomarse a la existencia, siendo marcado por ésta durante el resto de su vida-, la ciudad era un ámbito en el que las personas se integraban en otros cuerpos sociales que permitían a sus miembros dedicarse a alguna misión particular o desarrollar ciertas potencialidades humanas de tipo económico, cultural o religioso. Entre estos cuerpos existían los Gremios, que agrupaban a aquellos que ejercían un mismo oficio; las Congregaciones religiosas –que aparte de su específica misión religiosa brindaban asistencia a enfermos, abandonados; educación; fomentaban la cultura a través de la creación de escuelas y universidades; erigían hospitales, etc.-; las terceras órdenes, por medio de las cuales los laicos se integraban a la vida religiosa de alguna congregación particular; las Cofradías, que agrupaban a distintas personas en torno a una devoción religiosa. Todos estos cuerpos sociales eran muy importantes en el desarrollo de la vida comunitaria, y en la celebración de festividades, en las que cada uno de ellos tenía un lugar específico propio.

[10] El espíritu penitencial que expresaba esta imagen, que actualmente puede contemplarse en la Santa Casa de Ejercicios Espirituales de la calle Independencia 1190, era lo que se quería comunicar a los fieles.

[11] El día que se revive la Crucifixión y muerte del Salvador.

[12] Es muy sugestivo que quienes se han comportado como verdaderos enemigos de la manifestación pública de la Religión, se muestren tan preocupados por la amenaza del pecado de idolatría.

[13] Revista de Cultura "Revisión", Año 1, N° 4, Buenos Aires, diciembre de 1959, página 8, en  http://criticarevisionista.blogspot.com.ar/2012/10/sobre-rosas-en-los-altares.html


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