EL ESPLENDOR DE LA LITURGIA EN LA TRADICIÓN HISPANA: BUENOS AIRES EN 1806 Y 1807

Ha sido parte de nuestra tradición hispana la preocupación por la belleza y el esplendor del culto. Mientras la actual civilización capitalista tiene sus raíces en la búsqueda de la ganancia  personal y la eficiencia, la hispanidad tuvo como valores esenciales el honor y el servicio. Su Arquetipo era el mismo Dios, quien de su sobreabundancia derrama bienes sobre bienes. Por lo tanto, la expresión arquitectónica de las iglesias, universidades y edificios públicos de aquellos tiempos se caracterizaba por la magnificencia, el esplendor, y el derroche de adornos, esculturas y  pinturas, incorporados a la obra. Por otra parte, el Supremo Don que hemos recibido de Dios es Él mismo, a través del Sacrificio de la Cruz. Por este motivo la devoción Eucarística y el culto ligado a la misma tuvo un gran esplendor en tierras hispanas, manifestado en distintas formas privadas y públicas de adoración, de procesiones, de celebraciones esplendorosas de la Semana Santa o del Corpus. Junto a la devoción eucarística floreció el culto a la Santísima Madre del Redentor. Muchos siglos antes de que el Supremo Pontífice proclamara el dogma de la Inmaculada Concepción, los españoles de uno y otro lado del Océano tributaron los honores correspondientes a tan alta Dignidad de la Madre de Dios. Los franciscanos y los jesuitas fueron grandes defensores de este privilegio mariano, así como los dominicos propagaron la devoción al Santo Rosario. En las ciudades americanas no había familia que no se reuniera a rezarle a la Virgen. Monseñor Bonamín define las características de la religiosidad barroca hispana: “religiosidad de iglesias y cofradías, de misas y novenarios, de imágenes y procesiones, de promesas y votos”[1].

     Hubo un tiempo en que en estas tierras los hombres se batieron por defender la belleza y el esplendor que merece el Culto al Señor Sacramentado. Y allí, acompañando a los bizarros defensores de la Eucaristía, estaba la Madre del Rosario. Cuenta el Padre Cayetano Bruno que encontrándose Buenos Aires invadida por los ingleses “había decaído lastimosamente el culto religioso en el histórico templo (de Santo Domingo) por la prohibición de exponer el Santísimo durante las funciones de la Cofradía y efectuar por las calles la procesión acostumbrada con el Señor Sacramentado”. Fue entonces que aquel bravo caballero que fue don Santiago de Liniers “se acongojó al ver que la función de aquel día no se hacía con la solemnidad que se acostumbraba. Entonces, conmovido de su celo pasó de la iglesia a la celda prioral, y encontrándose en ella con el Reverendo Padre Maestro y Prior fray Gregorio Torres, y el Mayordomo primero, les aseguró que había hecho voto solemne a Nuestra Señora del Rosario (ofreciéndole las banderas que tomase a los enemigos) de ir a Montevideo a tratar con el Señor Gobernador sobre reconquistar esta Ciudad, firmemente persuadido de que lo lograría bajo tan alta protección”[2].

     Obtenida la victoria, el Padre Pantaleón Rivarola canta el heroísmo del Caudillo defensor del culto eucarístico, y del pueblo que fielmente lo siguió:

“Santísima Trinidad

una, indivisible esencia,

desatad mi torpe labio

y purificad mi lengua,

para que al son de mi lira

y sus mal templadas cuerdas

el hecho más prodigioso

referir y cantar pueda

(...)

La muy noble y leal ciudad

 de Buenos Aires, ¡qué pena!

por un imprevisto acaso

o por una suerte adversa

del arrogante britano

se lloraba prisionera

(...)

¿No hay alguno que valiente

a nuestros ecos se mueva

y de nuestro cautiverio

rompa las duras cadenas?

(...)

Entonces nuestro gran Dios,

cuya omnipotente diestra

a los soberbios humilla

y a los humildes eleva,

entonces compadecido

a nuestras súplicas tiernas,

suscita un nuevo Vandoma,

un de Villars, un Turena,

que émulo del mismo Marte

sea más que Marte en la guerra.

Es Don Santiago de Liniers

y Bremont; ocioso fuera

de este ilustre caballero

decir las brillantes prendas:

su religión, su piedad,

su devoción la más tierna

al Santo Dios escondido

en su misteriosa apariencia,

en los templos humillado

lo declara y manifiesta

(...)

Siente un fuego que le abrasa

siente un ardor que le quema,

un celo que le devora

una llama que le incendia,

un furor que le transporta

por el Dios de cielo y tierra.

Los espíritus vitales

nuevo ardor dan a sus venas

y allí mismo se resuelve

a conquistar la tierra,

para que el  Dios de la gloria,

Señor de toda grandeza,

sea adorado como antes

descubierto y sin la pena

 de verle expuesto al desprecio

de gente insana y soberbia

(...)

Los valientes voluntarios

dejando sus conveniencias

con valor inimitable

se alistan para la empresa,

sin escuchar los gemidos

y lágrimas las más tiernas

de sus amadas esposas,

hijos, y otras caras prendas,

llevando solo en sus pechos

el honor que los alienta

por su Dios y por su Rey.

¡Oh! acción gloriosa, ¡oh grandeza!”

(Romance Heroico)

 

     Pidámosle a la Virgen del Rosario, que en estos días se manifiesta junto a las riberas del Paraná, nos dé un poquito del fuego que ardía en aquellos pechos celosos del esplendor debido a la Majestad del Señor Sacramentado.

       

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[1] Bonamín, Victorio. El claroscuro de la religiosidad argentina.

[2] Bruno, Cayetano. La Virgen Generala.


Comentarios

  1. Un hallazgo para mi. Muchas gracias por publicarlo. Lo compartiré, con su licencia en el grupo SHM Historia de las Guerras Argentinas. Felicitaciones por este Blog restaurador de la Patria.

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  2. 👍👍👍👍👍👍👍👍👍👍👍

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