DE MAYO DEL 10 A JULIO DEL 16

MAYO

     Fueron los “hechos de Bayona” en 1808 los que determinaron el futuro de  la América Hispana.

     “El acontecimiento que marcó a fuego la relación entre la metrópoli y sus colonias – o reinos independientes de la corona de Castilla- y que hizo de disparador de toda la revuelta hispanoamericana, sucedió dos años antes del estallido (…). El episodio tiene nombre: la farsa de Bayona”.[1]    

     Sin embargo, para comprender en profundidad los acontecimientos rioplatenses que se desarrollaron a partir de 1810 no podemos dejar de referirnos a las consecuencias de las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807. Nos dice al respecto el mismo autor:

     “Buenos Aires había producido así, sin que formara parte de un plan original con arreglo al cual desarrollar una estrategia política, tres hechos notables: 1) derrotar en dos oportunidades al Imperio Británico; 2) destituir, en un hecho sin precedentes en el Imperio español en América, al virrey Sobremonte, y 3) militarizar exitosamente una ciudad mal dotada para la guerra.”[2] 

     Por lo tanto los hechos desencadenados a partir del 10 son consecuencia de la crisis y caída de la Monarquía Borbónica, del vacío de poder generado por dicha situación, y por el estallido del Movimiento Juntista. Por otra parte, los cuerpos militares surgidos después de las Invasiones Inglesas tuvieron una participación fundamental en la búsqueda de una alternativa frente a la desaparición de la estructura imperial hispánica.

     Frente a la caída del Imperio se abrían tres posibilidades para el Río de la Plata:

1-  1) Aceptar el status quo local: el mantenimiento de la burocracia virreinal y el reconocimiento del último vestigio de poder independiente de los franceses que quedara en la Península (como por ejemplo el Consejo de Regencia de Cádiz). Esta posición tenía muchos adversarios, debido a los errores y abusos que los funcionarios virreinales habían venido cometiendo en los últimos tiempos. Por otra parte, las elites locales querían una mayor participación en las tomas de decisiones, y que la suerte del Continente no quedara atada a las desgracias de la Península y a las ambiciones de las otras potencias europeas (Gran Bretaña, Francia, y los vecinos portugueses).

2-    2) El establecimiento de una monarquía borbónica en el Río de la Plata coronando a la princesa Carlota Joaquina, única representante de la familia real que no había caído en poder del “amo” de Europa. Claro que debía ser una Monarquía temperada, “a la inglesa”

3-    3) Establecer Juntas de Gobierno como en la Península.

     Lo señalado nos da la pauta del alto nivel de politización de las elites después de los acontecimientos locales de 1806, y sobre todo a partir de los hechos europeos posteriores a 1808. En este contexto se deben ubicar los hechos del 1 de enero de 1809 en Buenos Aires, y los de Chuquisaca y la Paz, a mediados de aquel año. A esta situación debemos agregar las rivalidades entre peninsulares y americanos, porteños y provincianos, Buenos Aires y Montevideo, etc.; para comprender los enfrentamientos que se van a desatar tras la caída del poder virreinal.

La Semana de Mayo 

     La suerte de nuestras tierras fue decidida en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810:

     “El tema del Cabildo fue muy concreto. Si debía cesar el virrey  en caso afirmativo cuál sería el procedimiento para elegir quien lo sucediera en el mando civil y militar (…)

     Después de los discursos vinieron los votos (…). El primer voto fue el del obispo a favor del Virrey. El segundo fue el del militar de más alta graduación en el virreinato, el teniente general español Pascual Ruiz Huidobro (…)

     Cornelio Saavedra votó en el orden 29, con las siguientes consideraciones: ‘consultando la salud del pueblo y en atención a las actuales circunstancias, debe subrogarse el mando superior el Excelentísimo Virrey, en el Excelentísimo Cabildo de esta Capital, en el ínterin se forma la corporación o junta que debe ejercerlo; cuya formación debe ser en el modo y forma que se estime por el Excelentísimo Cabildo, y no quede duda de que el pueblo es el que confiere la autoridad o mando.”[3]

     El reemplazo de los funcionarios que representaban a una Monarquía inexistente, así como la disputa de poder entre los distintos sectores de la sociedad criolla, a lo que hay que sumar las ambiciones de ingleses, franceses y portugueses –con las redes de aliados locales que tenían-, nos explican la seriedad de los conflictos que se desencadenaron, produciendo una guerra civil que condujo –como lógica consecuencia de la evolución de los acontecimientos americanos y europeos-, a la independencia de nuestro continente y a la fragmentación de los antiguos virreinatos –en particular el nuestro- en nuevos estados nacionales.

Autonomía y Fidelidad

     En su obra Mayo Revisado el historiador revisionista Enrique Díaz Araujo desmitifica el carácter liberal de la Revolución de Mayo, explicando el proceso que se abre en el 10 en el contexto de la crisis del Imperio Español y del marco legal del mismo, indicando que las jornadas de Mayo se caracterizaron por la fidelidad a la Monarquía, pero buscando una Autonomía con respecto a las “autoridades” peninsulares que obraban en nombre del Monarca ausente. Finalmente la evolución de los hechos condujo a una justificada Independencia.

     “Anarquía y usurpación peninsulares, que no el declamado ‘despotismo’, fueron las causas reales del Autogobierno (…)

     La fidelidad rioplatense interpretada como una felonía, y el consiguiente ataque realista desde Montevideo y el Perú: motivos suficientes para que la Autonomía comenzara a devenir en Independencia (…)

     (…) los hombres de Mayo no se movieron por impulsos ideológicos. Ellos tenían muy en claro que el movimiento americano se encaminaba contra el Consejo de Regencia y las otras autoridades metropolitanas conexas, en procura de la autonomía comarcal (empezando por la provisional, de orden municipal); para escapar a la eventualidad de la dominación francesa o la inglesa.”[4]

   Por su parte, Vicente Massot nos explica el proceso que se abre en el Río de la Plata a partir de 1808 haciendo girar su argumentación en torno a tres conceptos claves: Revolución-Independencia-Anarquía.

    “el proceso que se inicia pocos años antes de 1810 y se prolonga (…) hasta mediados de la década del 30 (…) podría decirse que se compendia y resume en tres términos los cuales, a su vez, transparentan otras tantas realidades: revolución, independencia y  anarquía  (…)

     La revolución merece su nombre menos por el impulso de trastocar los fundamentos económicos, sociales o religiosos del virreinato, que por su descendencia (…): la independencia y la anarquía.”[5]

    Retomando la obra de Díaz Araujo, éste en el Tomo III nos plantea que la revolución cambió su curso por obra de la acción de Moreno, que fue quien en realidad orientó a la Revolución hacia una posición acorde con el liberalismo, más aun, con el jacobinismo.

     “Sabido es que el Primer Gobierno Patrio se constituyó basándose en unos arreglos entre los grupos políticos existentes en Buenos Aires (…)

     Pues (…) uno se esos sectores, el llamado ‘morenista’, se apoderó hegemónicamente de la Revolución, desplazando a los demás y consiguientemente, reemplazando los objetivos institucionales comunes, por unos unilaterales, de corte ideológico sectario.”[6]

     Antonio Caponneto también nos presenta un morenismo jacobino:

     “Otros criollos, en cambio, no entendían, no valoraban ni amaban lo que España había traído a estas tierras, y querían deshacerse de todo ello (…)

     Por ejemplo, Moreno, Monteagudo, Castelli.

     Querían asesinar a los españoles. Escribieron un Plan de Operaciones para fomentar el terrorismo, el rencor y el odio. Eran socios de los ingleses y defendían sus intereses económicos. Y lo peor: atacaban la Religión Católica (…)

     Algo muy feo e imperdonable que cometieron fue matar a Don Santiago de Liniers. El gran Caudillo de la Reconquista.”[7]

     Massot, por su parte, nos muestra un Moreno más orientado hacia la “derecha”, o al menos no tan inclinado hacia la “izquierda”.

     “Mariano Moreno, Juan José Paso, Juan José Castelli y Manuel Belgrano (…) no ganaron sus credenciales revolucionarias por su afán de trastocar los fundamentos económicos, sociales o religiosos del Virreinato, sino merced al cambio político que urdieron y, más aun, a la consecuencia que tuvo en años venideros: la independencia (…)

     Al analizar, pues, el uso de algunos de los principales conceptos de la ciencia política utilizados por el secretario de la Junta hay que buscar menos en las posibles inspiraciones ideológicas (…) y hacer hincapié más en las necesidades políticas (…)

     (…) atendiendo (…) más a los pactistas peninsulares que a Rousseau, apuntaba Moreno al hecho de que la Junta debía tener el consentimiento de los pueblos, aunque, delegado el poder, se establecía entre ambos una ineludible relación de mando-obediencia (…).”[8]

     Recordemos, por otra parte, que si bien Moreno hizo editar el Contrato Social de Rousseau, lo expurgó de aquellos capítulos en los que el autor “delira en materia religiosa”. En la misma obra Massot nos indica, unos renglones más arriba, que “Moreno no podía sino condenar a los negadores de Dios”; agregando una cita del secretario de la Junta, referente a tan importante materia: “El funesto sistema del ateísmo mata y desordena, al paso que la idea de Dios habla al corazón, al alma, al sentimiento (…) La religión establece en las familias una herencia de buenas acciones, que son las piedras angulares para la libertad.”

     Finalmente, Massot le quita de encima el “sambenitode jacobino con el que lo acusaron sus detractores:

     “Faltaban en el secretario de la Junta tres componentes esenciales de los seguidores de Maximiliano Robespierre y de Saint Just: la adoración de la nación que rematará en una verdadera religión revolucionaria (…); la conjunción, en un mimo discurso (…) del terror y de la virtud y, por fin, la movilización general del pueblo hecha al compás de la voluntad colectiva.”[9]

    En su obra Matar y morir vuelve a desechar las interpretaciones de un Moreno jacobino y terrorista. Terrorismo discursivo, puede ser; pero no real. La aplicación de las penas rigurosas que mandó aplicar contra los que resistían al nuevo gobierno entran en la lo común de la época: 

     “En la materia, ni Moreno, ni Castelli, ni tampoco Bernardo de Monteagudo pueden parangonarse con el jacobinismo. Actuaron conforme a la medida de cualquier poder –revolucionario o no- en tiempos de guerra. Y lo hicieron con plena conciencia de cuáles eran sus límites infranqueables de esa violencia política. No mandaron quitar de la faz de la tierra a sus enemigos y a sus familias, a los  adversarios y a los indiferentes –como había sido práctica diaria durante el dominio de los jacobinos en Francia- (…)

     Cualquiera que sea su fuerza, y aun cuando su intensidad sea irresistible, el discurso del terror no es lo mismo que el terror si no existe una correspondencia acabada, perfecta, simétrica entre la dicción y la acción. Con su pluma, Moreno intentaba meter miedo (…)

     El terror, para resultar efectivo, requiere una cierta competencia burocrática. Por ejemplo, la que pusieron de manifiesto el Comité de Salud Pública durante la Revolución Francesa o la Checa leninista. Si se compara a Moreno y a Castelli con Maximiliano de Robespierre o con Luis Antonio León Saint Just, fácilmente se caerá en la cuenta de que el terror de Mayo apenas justifica tal denominación. Incluso la retórica de su terror no resiste el análisis comparativo con el de los enragés franceses. Cuando Moreno prometía sangre, pensaba en el escarmiento de unos pocos cabecillas contrarrevolucionarios puestos frente al pelotón de fusilamiento. Cuando Robespierre se felicitaba por el río de sangre que dividiría a Francia de sus enemigos, sabía del genocidio que sus generales llevaban a cabo en el departamento de la Vendée a expensas de un cuarto de millón de ‘bandidos’ contrarrevolucionarios.”[10]

     Los hombres de Mayo fueron en general exponentes de una cultura hispánica, católica y monárquica, más o menos conservadores, más o menos tocados por las ideas del siglo -con mayores o menores influjos iluministas y críticas a la cultura barroca de los sectores populares-, que pedían reformas en la educación  (en una línea utilitarista), o que criticaban cierta escolástica decadente[11]; pero no fueron necesariamente radicales o impíos.

     “Si el proceso revolucionario hispanoamericano triunfó (…) se debió entre otras razones a la capacidad que demostró la clase dirigente de las Provincias Unidas para gerenciar una empresa tan compleja y peligrosa. Ahora bien, sus hombres no venían de Inglaterra ni de Francia. Habían recibido la educación del reino que introdujo en América su idioma, religión, leyes y costumbres; que fundó ciudades por doquier y creó escuelas y universidades cuya calidad nada tenía que envidiarle a la del resto del mundo colonial y que legó a todos los habitantes de estas latitudes una legislación tan realista como generosa.”[12]

     Lo erróneo sería suponer que nuestra revolución significó una ruptura con el pasado y el triunfo del “jacobinismo”; en tanto que el bando realista habría representado una postura tradicionalista, ultramontana y “reaccionaria”.  En realidad hubo conservadores y liberales en ambos bandos:

     “Como punto de partida dejemos centrado que existieron cuatro tendencias en torno a la Revolución de Mayo: dos impulsoras de la misma y dos contrarias. De las impulsoras, una fue de tendencia tradicionalista (Saavedra) y otra liberal (Mariano Moreno). De las contrarias, una fue igualmente tradicionalista (Abascal, Liniers, Elío) y otra liberal (Consejo de Regencia y Cortes de Cádiz).”[13]

     Un representante del conservadorismo realista fue el ilustre Santiago de Liniers. Desencadenados los hechos de Mayo de 1810, no pudo ver que una “nueva fidelidad”, el servicio a la Patria naciente, venía a reemplazar a la vieja fidelidad a un Rey que ya no reinaba. Y se opuso a un Movimiento que consideró revolucionario en la entraña misma de su ser. Encabezó la resistencia contrarrevolucionaria en Córdoba, que fue fácilmente contenida, y los cabecillas capturados y condenados. En  estas circunstancias, y ante la presión de su padre político que no entendía su conducta, Liniers escribe:

   “(…) mi amado padre (...) en cuanto a mi individuo; ¿cómo siendo yo un general, un oficial quien en sus treinta y seis años he acreditado mi fidelidad y amor al soberano, quisiera Usted que en el último tercio de mi vida me cubriese de ignominia quedando indiferente en una causa que es la de mi Rey; que por esa infidencia dejase a mis hijos un nombre, hasta el presente intachable con la nota de traidor? ¡Ah mi padre! Yo que conozco también la honradez de sus principios, no puedo creer que Usted piense, ni me aconseje motu proprio, semejante proceder (...)

   (...) Por último Señor, el que nutre a las aves, a los reptiles, a las fieras y los insectos proveerá a la subsistencia de mis hijos, los que podrán presentarse en todas partes sin avergonzarse de deber la vida a un padre que fue capaz por ningún título de quebrantar los sagrados vínculos del honor, de la lealtad, y del patriotismo, y que si no les deja caudal, les deja a lo menos un buen nombre y buenos ejemplos que imitar (...)”[14]

     Por su parte, Juan Manuel de Rosas en su mensaje a la Legislatura del año 1836 nos brinda una interpretación “tradicionalista” de la Revolución que llevó a la instalación de la Primera Junta. La Revolución se hizo, decía, “no para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para preservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por el acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en sus desgracias. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella y no ser arrastrados al abismo de males, en que se hallaba sumida España.”

Anarquía

     Una de las consecuencias políticas inmediatas de la Revolución fue el desencadenamiento de un proceso de gran inestabilidad política que condujo a momentos de anarquía y de tremenda guerra civil. Unos párrafos más arriba se hacía referencia al análisis que hace Massot del proceso abierto en 1810 a partir de tres conceptos claves: Revolución-Independencia-Anarquía. Intentemos, pues, encontrar algún tipo de explicación al proceso anárquico que caracteriza nuestra historia durante el período estudiado, y con posterioridad al mismo. Para ello recurriremos a algunos conceptos tomados de la Sociología, en particular del sociólogo de Max Weber.

Una crisis de Legitimidad

     Para comprender lo que ocurrió en los territorios hispánicos a partir de 1808, y en particular en el Río de la Plata desde 1810, podemos recurrir a algunos conceptos elaborados por el sociólogo Max Weber acerca de la Dominación y del Poder[15].

     “Poder significa la posibilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia (…)

     Por dominación debe entenderse la probabilidad de encontrar obediencia a un mandato de determinado contenido entre personas dadas.”

     La dominación supone, por tanto, dentro del planteo que presenta Weber, la aceptación de la Legitimidad del mandato del que manda por parte de los que obedecen. Dicha legitimidad, siempre siguiendo a Weber, se construye a partir de tres tipos de dominación.

1-    La dominación carismática: La “legitimidad” de este tipo de dominación se produce “en virtud de la devoción afectiva a la persona del señor y a sus dotes sobrenaturales (carisma) y, en particular: facultades mágicas, revelaciones o heroísmo, poder intelectual u oratorio.”

2-    La dominación tradicional: En este tipo de “dominación” la legitimidad está “sacralizada por la tradición”. Es el caso de las Monarquías tradicionales.

3-    La dominación legal-burocrática: “Su idea básica es que cualquier derecho puede crearse y modificarse por medio de un estatuto sancionado correctamente en cuanto a la forma.” No se obedece a una persona sino a una norma estatuida, a una norma formalmente abstracta. Es el caso de los sistemas constitucionales modernos.

     Lo que explica la anarquía desatada en los territorios hispánicos a partir de la crisis de la Monarquía provocada por los acontecimientos de 1808 fue el intento de reemplazar un tipo de dominación tradicional por uno legal racional. Mientras el pueblo y los estamentos tradicionales se desangraban en la península por el Rey; y en América, al principio por el Rey, y luego por la Patria; las elites intelectuales se reunían en Asambleas y Cortes procurando crear un marco constitucional conforme a los principios de 1791. Por otra parte, el Rey a quien tanto se veneraba había “rifado” su Corona a los Bonaparte. La consecuencia fue que ya no se supo a quién o a qué había que obedecer. Proyectos constitucionales, monarquías alternativas, liderazgos fugaces, grupos enfrentados, regiones que se proclaman autónomas, guerras civiles, fueron la constante del fracaso de los primeros veinte años posteriores a la Revolución[16]. Lozier Almazán cierra su obra referente a los diversos proyectos monárquicos que existieron para el Río de la Plata entre 1808 y 1825 con una gráfica descripción:

     “Como ya hemos visto, el derrumbe de la monarquía española en Bayona, prendió la mecha revolucionaria de Mayo de 1810 que dio origen al prolongado y cruento proceso institucional, hasta que en 1820 se produjo un profundo quiebre de la ya precaria autoridad política.

     Como lógica consecuencia del desmantelamiento de la estructura política virreinal, la inexistencia de un gobierno central que la sustituyera y la anarquía reinante, surgió el caudillismo, como un fenómeno social y político que asumió empíricamente la misión de restaurar el orden, construir y organizar un estado.

     (…) los caudillos –del latín capitellium, o sea cabeza, cabecilla-, devenidos en señores feudales, protectores y custodios de intereses locales o regionales, sin rendir vasallaje a nadie, por carecer de rey (…)

     Debió transcurrir casi una década, desde la caída del período directorial, hasta que en 1829, Juan Manuel de Rosas asumió como gobernador y capitán general de la Provincia de Buenos Aires. Época en que la situación exigía un poder fuerte para asegurar el orden y la tranquilidad de los habitantes de la ciudad y la campaña bonaerense.

     De tal manera, Rosas fue, por aquel entonces, la encarnación del caudillo surgido primus inter pares, razón por la cual asumió su gobierno dispuesto a imponer el principio de autoridad para restaurar el orden, que sus antecesores no habían logrado a lo largo de 19 años, desde mayo de 1810.”[17]

     Recapitulando, el intento por parte de algunos sectores de la elite ilustrada –a un lado y otro del océano-  por crear un marco legal constitucional que reemplazara a la Monarquía tradicional, acosada por una tremenda crisis, abrió un proceso de cuestionamiento de la Legitimidad. Cuestionada la Monarquía tradicional, y fracasados los primeros intentos por establecer un marco racional constitucional, se estableció un tipo de legitimidad carismática representada por los caudillos, entre los cuales sobresalió Juan Manuel de Rosas quien logró imponer un Orden que reemplazara al Antiguo Régimen caído, sustentándose en muchos de los principios sobre los que aquél se había fundado. El discurso a la Legislatura de 1836 es una prueba de esto último.

JULIO: CONTINUIDAD

     A partir de todo lo analizado podemos concluir que nuestro proceso “revolucionario” no se propuso abrir una brecha radical con el pasado hispano, sino que más bien debe ser entendido en el contexto de la crisis que afectó al Imperio Español a partir de 1808. Los hombres que protagonizaron el proceso, más allá de las posturas radicalizadas que pudiera sostener alguno en particular, eran producto de la cultura que la Madre Patria había implantado en estas tierras, y actuaron conforme a dicho marco. No deben buscarse entonces grandes rupturas ni raíces en el proceso francés, más allá de algún influjo accidental que pudo haber habido (en forma indirecta, y a través del liberalismo peninsular).

     Tenía razón Alberto Ezcurra Medrano cuando afirmaba: “El 14 de julio es el aniversario de la Revolución por excelencia (la Francesa) (…) El 9 de julio de 1816 (por el contrario) (…) no hubo gritos, manifestaciones, asaltos ni asesinatos, pero el pueblo estuvo dignamente representado por un Congreso de abogados y teólogos, católicos, monárquicos en su mayoría y poseedores de una cultura netamente clásica.”[18]

     Claro que la Independencia abrió un proceso de anarquía que iba a costar 14 años encauzar. Pero eso ya es parte de otra historia.

    

CONSTITUCION WEB: Acta de Independencia Argentina (texto que ...

[1] Massot, Vicente. La excepcionalidad argentina. Auge y ocaso de una Nación.

[2] Ídem.

[3] Montejano, Bernardino. La filosofía política de Mayo.

[4] Díaz Araujo, Enrique. Mayo revisado I.

[5] Massot, Vicente. La excepcionalidad argentina…

[6] Díaz Araujo, Enrique. Mayo revisado III.

[7] Caponnetto, Antonio. El Bicentenario en el aula.

[8] Massot, Vicente. Las ideas de esos hombres. De Moreno a Perón.

[9] Ídem.

[10] Massot, Vicente. Matar y morir. La violencia política en la Argentina  (1806-2011). Agrega el autor las escalofriantes líneas que le escribía el general francés a su gobierno: “Ciudadanos, la Vendée ya no existe: ha perecido bajo nuestra espada, lo mismo que sus mujeres y sus niños (…) De acuerdo con vuestras órdenes, he aplastado a los niños bajo las patas de los caballos y he masacrado a sus mujeres, que por lo menos (…) ya no engendrarán más bandidos. No tengo prisioneros que puedan reprochárseme.”

[11] “(…) nos venden doctrinas falsas por verdaderas, y palabras por conocimientos (…) de ninguna manera tratamos de lo concerniente a nuestros dogmas, ni a las decisiones de la Iglesia, ni a nuestra legislación (…)

(a) la filosofía que se enseña en nuestros estudios es adonde  se dirigen nuestras miras (…)

¿Qué otra cosa es obligarnos a discurrir sobre ridículas cuestiones (…); si los grados metafísicos en el individuo se distinguen real o virtualmente o por razón y otras cosas de este tenor? ¿Cuál es la utilidad que este estudio trae al hombre? ¿De qué le habrá servido un estudio tan ímprobo al hallarse en estado de ser útil a su rey, a su patria, a su religión y a sí mismo?” (Manuel Belgrano, Correo de Comercio, junio de 1810).

Si bien puede observarse una crítica a cierto escolasticismo, y un influjo de posturas utilitaristas acordes con la filosofía dieciochesca; sin embargo la concepción de servicio –a Dios, a la Patria y al Rey- que se desprende del último párrafo citado es acorde con la mentalidad tradicional.

[12] Massot, V. La excepcionalidad…

[13] Romero Moreno, Fernando. Bicentenario y Tradicionalismo

[14] El Padre Cayetano Bruno nos describe sus últimos momentos: “(luego de conocer la sentencia de muerte) Liniers ya no pensó sino en su alma. (…) (un documento anónimo atestigua que) ‘pidió al Sr. Obispo (Orellana) le sacase de su bolsillo el rosario y paseándose lo rezó y continuó preparándose para la confesión, todo  con tal nobleza y entereza que…, en aquel estado de ignominia y con los brazos atados, parecía más glorioso que en sus victorias de la Reconquista…Este Señor y el coronel Allende hicieron su confesión con el Sr. Obispo (…) Liniers rechazó la venda. Luego ‘en voz perceptible (…) imploró el auxilio de María Santísima –bajo el título del Rosario de quien fue siempre muy devoto-, e hincado de rodillas’ dio la señal a los soldados”. (Bruno, C. Creo en la vida eterna)

[15] Las citas están tomadas del texto Tiempost modernos. Una teoría de la Dominación , de Enrique del Percio.

[16] Ver nota 7.

[17] Lozier Almazán, Bernardo. Proyectos monárquicos en el Río de la Plata. 1808-1825.

[18] Dos Aniversarios, en EL Baluarte, N° 10.


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